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EDICIONES

Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2010.
Versión en alemán. Trad. de Simone Reinhard, Hans Shiller, 2012.
Versión en sueco. Traducción de Ulrika Serling, Aura Latina, 2012.

Con "Tiento" (UANL), Rocío Cerón desplaza la práctica de la poesía a una zona de confluencia con la imagen y la fotografía mediante una sinergia creativa con el compositor Enrico Chapela y la fotógrafa Valentina Siniego. La bitácora de Cerón inspira la grafía musical y textos encarnados en imágenes. El registro de la poeta es un tanteo en la anterioridad de su propia vida: una conmoción y un alegato contra el tiempo. Poema superior sobre las huellas del pasado.

Sergio González Rodríguez


POEMAS

América / Amérique / Amerika

Español

I

Se llamaban Krusevac, ahora Cruz. Los edificios transpiraban. Era una isla o un monte cubierto por chozas. Cosa de hombres. Las mujeres guardaban papas, construían el mundo. Cosa de tiento insulso, se pensaba. Paisajes de tonada suave con acordeón de fondo. Astucia. Proa que acumula sal. Toma mi brazo, corta el ligamento: necesito dejar el gusto por el ajvar. Callaron las aves a su paso. Remo. En el fondo, los peces intuían. Algunos fosos guardan familias enteras. Pero ellas son salvas. Todas las lenguas de Europa desaparecieron. Tierra. El dulce de manzana no trae olor a clavo. Cada letra deletrea una estancia. Estas mujeres son mis madres. Desde ese día −América− la piel de mis mejillas es llanura.

***

Todo exacto, piedra sobre piedra, bajo el estupor. Tengo adherida a la piel −planta del pie−, un nombre preciso, una esquirla dentada (aguijón o filo o tenso nudo), cristal a la uretra. Guardo una voz que es sombra, carta y anunciación: América se hunde. Hay una montaña o casa frente al mar que esconde un secreto. Manto, el desierto es manto. Se escucha una bestia colmada de fraguas: negros y blancos inventando heredad. Tengo en las manos un país del que he sido arrojada. Cinco millones de emigrantes caben en la cuenca de una sangre común. América es una madre que mata.

***

Herrumbre. Contener el puño. La gravedad de las últimas hojas y la nieve. Escucha el resoplido insular. Tan lejos y cercano. El mar brilla para todos pero cerca del carbón sólo resta el miedo. Defendernos de. Acentos sonoros recuerdan a Siberia. Crudo, el frío. Pero en Siberia nunca llega el otoño. Aquí −casi temblando− hay que ir codo con codo. Aquel jardín o muro o tierra nueva. Hacer la América. Herrumbre: desde Portobelo y hasta la Patagonia. Acero sin distinciones. A ojo se hace el tiento. El polvo ensombrece las extensiones de tierra. Lentitud entre los pasajeros: pegar el oído al subte, algo se inflama. Algo ya marca el cuerpo.

***

América es un desierto sonoro. Cazuela de ave levanta muertos, ají de gallina abre sosiego o trucha arcoíris empina rubias. Oscuras nubes modulan temperamentos de valle y bufeo. Crujido de lastras de Machu Picchu. −Oscuro oficio éste de ser santa. Yo tenía una tierra, me despojaron de ella, ahora hay un parque de diversiones: juegos replican la muerte y son la muerte. Algo en la vereda (zanjita, zanja devuélveme el tino, la cara cierta de mi tierra) es sepultura y nacencia. Aguachile que bulle en la quijada. Cacao herido que trae consigo tintineos de piedra. Cárcamo de agua de Tláloc, chacras marítimas de Manantiales. Cabo Polonio en mi memoria. Y la fuente que no deja de abastecer el mate seco, verdoso, que enjuaga la voz de la abuela.

***

Dijeron que era hija del golpe, de los barrios donde los sones son lentos y carraspean las voces y los toneles de aguardiente se empujan sin trozo de pan; dijeron que era hija del desprecio, de esclavas, de amargas noches de cama entre soldados y cuerpos cobrizos; dijeron que era una mártir –estaban, están equivocados−, luego le dieron algo de espejos y algo de carne de cerdo, algo de nuevos nombres y nuevos apellidos; le enseñaron el uso de la rueda (ya conocía el cero); casi la mata la fiebre. Y de cada golpe ha salido más fuerte. Como el poema, América es una dura cicatriz en el cuerpo.

***

La Hispaniola. Como si fuera la primera tierra. Que es. Y en ese recuerdo cupieran ya todas las noches de América. Rastro. El ron mantiene a los hombres embrutecidos, me digo. Mi abuela reza con el vaso de vodka junto, orar es mentirse a uno mismo, me dice, pero conforta el alma. Como el destilado de oro falso. Nacimiento. Como cadalso al que se entrega uno con la boca abierta, deseosa de alimento naufrago. Montar la oveja, me digo. Ahora los tenis Ducati, el floro que trae de gracia una hembra ke buena, las cadenas de oro al cuello, la camisa fina, la marca atrapando al cuerpo, gritando proveniencia. América se hunde, y nadie se ha dado cuenta. La otra América le ha chupado el seso.

***

Dame un tostado. Una jerga que mantenga las cuerdas vocales de mi lengua. Quiero un trapecio. Flotar en él. Quiero la astucia que da la cafeína. Sumergirse en. La otra tierra. Galones enteros. Miles de litros de sangre. Quiénes eran y quiénes son. Todos situados sobre una cuerda. Precipicio. Desde las ruinas de la lengua una tesitura arrogante. Hay una franja de tierra sin nombre. En el fondo de la taza, me dice una gitana en el Parque Forestal, hay una imagen: hombre que aún recuerda a su hija. Detente, la otra tierra y ese perfil masculino que apenas resulta de las sombras. Serbia era cobijo −Atlántico− hoy es un lago. Idea del lago.

***

De la tumba una flor. Plástico decolorado, tierra. Grobnica-París. De Europa sembradío nucas cisternas donde guardar vestigios. Neblina y carbón. Heno y draga, flotantes. Antes del roce sargazos, reflujo luminoso de rostros. Toda la familia astillada. Óleo de museo. Cementerio y nicho para ahondar en el nervio. Cauce púrpura, plantación de cuerpos en otros cuerpos. Cauterio. Atravesar el bosque: mucha fe en los labios. Ni el uniforme salva. Allá, en el Golfo de México, secretan zumbantes las aves. Caverna o cardo. Mar gasa, llave al pliegue. La superficie del agua recuerda a los muertos. −Desvanecerse, entre las arrugas de cada pliegue de la madre. Contenga el aire. Pulmón. Respire profundo. ¿Siente dolor? ¿Siente aquí, sí justo aquí? Es el miedo atrapado. Es América atada en cada corva. Astilla, flor recogida en Kalemegdan. Y en cada esquina la imagen de un jardín hecho de voces.

***

Los platos vacíos. En el fondo, el campo de gravedad es el tono. El azul. No azul sino provincia y rastro, donde hemos dejado −Eleonora flotante a la mirada. Cielo. La mirada hace la patria. Su país se le ensancha se le gesta se le encima. América no es orquídea ni animal o pariente. Tersa era la voz de la abuela. América deambula entre franjas. Acarrea agua sucia. Retoña entre la mierda. América madre. América padre. Ofrenda algo. Ofrenda algo de cuerpo a la Pachamama. Entra a esta tierra y hazte un orificio en la lengua. Forma y pasaje en el sermón de las piedras. Nudo ciego entre ríos. Cordillera. Tu piel −Atacama & Sonora, es concentración, vueltas en círculo, cartografía y nudos. Siglo.

English

America

Translation by Jen Hofer

Their name was Krusevac, now Cruz. The buildings perspired. It was an island or a mountain littered with shacks. It’s a men’s affair. The women stored potatoes, constructed the world. An affair of lusterless traces, so it was thought. Sweetly melodious landscapes with accordion in the background. Cleverness. Prow accumulating salt. Take my arm, sever the ligament: I need to lose my taste for ajvar. The birds hushed at their step. Oar. In the depths, the fish intuiting. Some graves hold entire families. But these women are safe. All the tongues of Europe disappeared. Earth. Apple candy doesn’t smell like cloves. Each letter spells a sojourn. These women are my mothers. From that day forward—America—the skin of my cheeks a prairie.

***

Everything precise, stone atop stone, beneath the stun. Glued onto my skin—the sole of my foot—an exact name, a serrated shard (stinger or blade or tensed knot), glass in the urethra. I retain a voice that is shadow, missive and annunciation: America collapses. There is a mountain or house facing the sea hiding a secret. Cloak, the desert is a cloak. A beast is heard bursting with forges: Blacks and Whites inventing inheritance. In my hands I hold a country from which I’ve been flung. Five million emigrants fit in the river basin of a common blood. America is a mother who kills.

***

Rust. To contain the fist. The gravity of last leaves and snow. Listen to the insular gasps. So distant, so near. The sea gleams for everyone but beside the coal only fear remains. To defend ourselves from. Sonorous accents recall Siberia. The cold, grating. But in Siberia autumn never comes. Here—nearly trembling—we have to go side by side. That garden or wall or new earth. To make America. Rust: from Portobelo all the way to Patagonia. Steel with no distinctions. Eyeballing it you trace the weave. Dust clouds the expanses of earth. Slowness among the passengers: to plaster our ear to the subte: something is inflamed. Something already marks the body.

***

America a sonorous desert. Chicken stew to raise the dead, ají de gallina to calm crowds or rainbow trout for the hair of the dog. Dark clouds modulate temperaments of valley and bufeo dolphin. Creaking of Machu Picchu ballasts. “Dark vocation, this, being a saint.” I had a plot of land, they took it from me, now there’s an amusement park: the rides replicate death and they are deat. Something on the sidewalk (tiny trench, trench, give me back my sound mind, the sure face of my land) is tomb and lineage. Aguachile flaring against the jaw. Wounded cacao dragging along a clinking of stones. Cárcamo de agua de Tlaloc, seaside country homes in Manantiales. Cabo Polonio in my memory. And the fountain in ceaseless supply to the dry, greenish mate rinsing my grandmother’s voice.

***

They said it was born from blows, from the barrios where the sounds of son are slow and voices clear their throats and the barrels of booze are shoved down without even a slice of bread; they said it was born from contempt, from slaves, from bitter nights in bed among soldiers and coppery bodies; they said it was a martyr—they were, are, wrong—and then they said something about mirrors and something about pork meat, something about new first names and new last names; they demonstrated how to use a wheel (zero was already a known quantity); the fever almost killed it. And from each blow it’s come out stronger. Like poetry, America is a hard scar on the body.

***

Hispaniola. As if it were the first land. Which it is. And all the nights in America might fit in that memory now. Imprint. Rum makes men into brutes, I tell myself. My grandmother prays with her glass of vodka beside her, to pray is to lie to yourself, she tells me, but it soothes the soul. Like false gold distilled. Birth. Like a gallows you give yourself up to with open mouth, desirous of failed sustenance To mount the sheep, I tell myself. Now Ducati sneakers, the gift of gab that lures a female hey baybee, gold chains around the neck, fine shirt, the brand trapping the body, shouting provenance. America collapses, and no one’s noticed. The other America has sucked away her brain.

***

Give me a tostado. A slang to sustain the vocal chords of my tongue. I want a trapeze. To float on it. I want the sharp that comes from caffeine. To be submerged in. The other land. Whole gallons. Thousands of litres of blood. Who they were and who they are. Everyone perched on a wire. Precipice. From the ruins of the tongue an arrogant countenance. There is a strip of land with no name. At the bottom of the cup, a gypsy at the Parque Forestal tells me, there is an image: a man who still remembers his daughter. Stop, the other land and that masculine profile that barely forms in the shadow. Serbia was a shelter—Atlantic—today it is a lake. The idea of lake.

***

From the grave a flower. Discolored plastic, earth. Grobnica-Paris. From Europe sown field napes of neck cisterns to keep vestiges. Mist and coal. Hay and dredge, floating. Before the seaweed graze, luminous ebb of faces. The entire family splintered. Museum oils. Cemetery and niche to go deep into the nerve. Purple riverbed, planting of bodies in other bodies. Cauterization. To cross the forest: great faith in lips. Not even the uniform saves. There, in the Gulf of Mexico, the birds secrete buzzings. Cavern or thistle. Gauze sea, key to the fold. The surface of the water recalls the dead. “To vanish, among the wrinkles of each fold of the mother.” Contain the air. Lung. Breathe deeply. Does it hurt? Does it hurt here, yes right here? It’s trapped fear. It’s America bound into the back of every knee. Splinter, flower picked at Kalemegdan. And on every corner the image of a garden made of voices.

***

The plates empty. Deep down, the field of gravity is tone. Blue. Not blue, rather province and trace, where we’ve left “Eleonora floating in our gaze.” Sky. Our gaze toward the homeland. Her country expands her foments her imposes itself on her. America is neither orchid nor animal nor relative. My grandmother’s voice was smooth. America wanders among strips of land. Transports dirty water. Reappears among shit. Mother America. Father America. Make some offering. Make some bodily offering to the Pachamama. Enter into this land and dig an orifice in your tongue. Form and passage in the sermon of stones. Blind knot among rivers. Mountain range. Your skin—Atacama & Sonora, is concentration, turnings in a circle, cartography and knots. Century.

Française

Amérique
Traduction Agnés Mérat

Ils s'appelaient Krusevac, aujourd'hui Cruz. Les bâtiments transpiraient. C'était une île ou une montagne jonchée de cahutes. Une affaire d'hommes. Les femmes engrangeaient des pommes de terre, construisaient le monde. Une histoire de gestes fades, pensait-on. Paysages en mélodie douce sur fond d'accordéon. Ruse. Sel accumulé à la proue. Prends mon bras, coupe le ligament: je dois oublier mon goût pour l'ajvar. Les oiseaux se taisent sur leur passage. Rame. Tout au fond, les poissons devinent. Des familles entières entassées dans des fosses. Mais ces femmes-là sont sauves. Toutes les langues d'Europe ont disparu. Terre. Les sucreries aux pommes n'ont pas l'odeur du clou de girofle. Chaque lettre épelle une demeure. Ces femmes sont mes mères. Depuis ce jour -Amérique- la peau de mes joues est une plaine.

***

Un tout exact, pierre sur pierre, sous la stupeur. J'ai, adhéré à la peau -plante du pied- un nom précis, une esquille en dents de scie (dard ou fil ou nœud tendu), éclat à l'urètre. Ma voix est ombre, lettre et annonciation: l'Amérique s'enfonce. Montagne ou maison face à la mer qui cache un secret. Linceul, le désert est linceul. On entend une bête grosse de forges: des noirs et des blancs inventent un héritage. J'ai entre les mains un pays qui m'a jetée. Cinq millions d'immigrants s'entassent dans le bassin d'un sang commun. Amérique mère qui tue.

***

Rouille. Serrer le poing. La gravité des dernières feuilles, la neige. Écoute le souffle insulaire. Si loin et proche. La mer brille pour tous mais auprès du charbon seule la peur demeure. Nous défendre de. Accents sonores qui rappellent la Sibérie. Le froid, cruel. En Sibérie l'automne ne vient jamais. Ici -presque tremblant- il faut aller coude à coude. Ce jardin-là ou mur ou terre nouvelle. Faire l'Amérique. Rouille: de Portobelo à la Patagonie. Acier sans distinctions. On tâtonne à l’œil. La poussière noircit les étendues de terre. Lenteur entre les passagers: coller l'oreille au subte, ça s'enflamme. Ça marque déjà le corps.

***

Amérique désert sonore. Bouillon de poule à réveiller un mort, ají de gallina rassasiant ou truite arc-en-ciel bière sifflée. De sombres nuages modulent les tempéraments de la vallée et le dauphin bufeo. Craquement des pierres plates du Macchu Pichu -sombre tâche que d'être une sainte. J'avais une terre, on m'en a dépouillé, aujourd'hui un parc d'attractions: des jeux répliquent la mort et sont la mort. Quelque chose sur le sentier (fossé, gentil fossé, rends-moi la raison, le vrai visage de ma terre) est sépulture et naissance. Aguachile qui boue dans la mâchoire. Cacao blessé qui déverse des tintements de pierre. Cárcamo de Tláloc, villas de bord de mer de Manantiales. Cabo Polonio dans ma mémoire. Et la source qui ne cesse d'abreuver le maté sec, verdâtre, qui rince la voix de ma grand-mère.

***

On a dit qu'elle était fille des coups, des quartiers où le son sonne lent et les voix sont rauques et les tonneaux d'eau-de-vie descendus sans un quignon de pain; on a dit qu'elle était fille du mépris, des esclaves, des nuits amères de coucheries entre des soldats et des corps cuivrés; on a dit que c'était une martyre – on s'est trompé, on se trompe-, et puis on lui a donné des bouts de miroir et un peu de porc, des bouts de prénoms nouveaux et de noms nouveaux; on lui a montré l'usage de la roue (elle connaissait déjà le zéro); la fièvre l'a presque emportée. Chaque coup l'a rendue plus forte. Comme le poème, Amérique cicatrice dure sur le corps.

***

La Hispaniola. Comme si c'était la terre première. Ça l'est. Et dans ce souvenir tiendraient toutes les nuits d'Amérique. Trace. Je me dis le rhum ça tient les hommes abrutis. Ma grand-mère fait ses prières avec un verre de vodka, elle me dit prier c'est se mentir à soi-même, mais ça réconforte l'âme. Comme de l'eau-de-vie de faux or. Naissance. Comme l'échafaud auquel on se livre la bouche ouverte, avide d'aliment naufragé. Je me dis amadouer la brebis. Les tennis Ducati, la tchatche qui fait craquer une meuf trop bonne, chaînes en or autour du cou, la belle chemise, la marque saisie au corps, elle crie provenance. L'Amérique s'enfonce, personne ne s'en rend compte. L'autre Amérique lui a sucé la cervelle.

***

Donne-moi un café, un tostado. Un jargon qui entretienne les cordes vocales de ma langue. Je veux un trapèze. Flotter. Je veux l'acuité que donne la caféine. Se plonger dans. L'autre terre. Des gallons entiers. Des milliers de litres de sang. Ce qu'ils ont été, ce qu'ils sont. Tous sur la corde raide. Précipice. Du fond des ruines de la langue une tessiture arrogante. Une bande de terre sans nom. Dans le Parc Forestier de Santiago, une gitane me dit: au fond de la tasse, une image, un homme, il se souvient encore de sa fille. Arrête-toi, l'autre terre et ce profil masculin qui sort à peine de l'ombre. La Serbie autrefois refuge -Atlantique- aujourd'hui un lac. Idée du lac.

***

De la tombe une fleur. Plastique décoloré, terre. Grobnica-Paris. D'Europe terre cultivable nuques citernes où garder des vestiges. Brouillard et charbon. Foin et drague, flottant. Avant le heurt sargasses, reflux lumineux de visages. Toute la famille craquelée. Portrait de musée. Cimetière et niche pour creuser le nerf. Rivière pourpre, plantation de corps dans d'autres corps. Cautère. Traverser la forêt: la foi aux lèvres. Même l'uniforme ne sauve pas. Là-bas, dans le Golfe du Mexique, les oiseaux bruissent chuchotent. Caverne ou chardon. Mer gaze, clé au creux. La surface de l'eau se souvient des morts. -S'évanouir, entre les rides de chaque plis de la mère. Retenez votre souffle. Poumon. Respirez à fond. ¿Vous avez mal? ¿Vous sentez, là, oui, juste là? C'est la peur retenue. C'est l'Amérique nouée à chaque courbure. Écharde, fleur ramassée à Kalemegdan. Et à chaque coin de rue l'image d'un jardin planté de voix.

***

Assiettes vides. Dans le fond, le champ de gravité c'est le ton. Le bleu. Pas bleu mais province et trace, où nous avons laissé – Eléonore regard dans le vague. Ciel. Le regard fait la patrie. Son pays enfle, engrosse, écrase. L’Amérique n'est pas une orchidée pas un animal pas un parent. La voix de la grand-mère était suave. L’Amérique déambule entre des bandes de terre. Elle charrie des eaux sales. Elle bourgeonne dans la merde. Amérique mère. Amérique père. Fais une offrande. Donne un bout de corps en offrande a la Pachamama. Rentre dans cette terre et fais-toi un orifice dans la langue. Forme et passage dans le sermon des pierres. Nœud aveugle entre les fleuves. Cordillère. Ta peau -Atacama & Sonora, est concentration, tours et détours, cartographie et nœuds. Siècle.

Deutsch

Amerika
Aus dem Spanischen von Simone Reinhard

Sie hießen Krusevac, nun Cruz. Die Gebäude schwitzten. Es war eine Insel oder ein mit Baracken überzogener Hügel. Eine Män­ner­sache. Die Frauen verwahrten Kartoffeln, bauten die Welt. Eine fade Handarbeit, dachte man. Weichmelodische Land­schaf­ten mit einem Akkordeon im Hintergrund. Gewitztheit. Salz­schäu­mender Bug. Nimm meinen Arm, kappe das Band: ich darf nicht mehr an Ajwar denken. Die Vögel verstummten. Ruder. Die Fische auf dem Grund ahnten es. Manche Gräber bergen ganze Familien. Aber sie, die Frauen, sind in Sicherheit. Alle Sprachen Europas verschwanden. Erde. Apfelgelee riecht nicht nach Nel­ken. Jeder Buchstabe buchstabiert einen Aufent­halt. Diese Frauen sind meine Mütter. Seit jenem Tag — Amerika — ist die Haut auf meinen Wangen Flachland.

***

Wie betäubt schichten sie, fein säuberlich, Stein auf Stein. In meine Haut gebohrt — Fußsohle — ein bestimmter Name, ein ge­zack­ter Sporn (Stachel oder Klinge oder harter Knoten), wie Glas­splitter im Harn. Eine Stimme hüte ich, die Schatten, Dokument, Verkündung ist: Amerika geht unter. Es gibt da einen Berg oder ein Haus am Meer, das ein Geheimnis birgt. Hülle, die Wüste ist Hülle. Man hört ein wildes Tier in Schmiedeglut: Schwarze und Weiße erfinden ihr Erbe. In meinen Händen halte ich ein Land, das mich verstoßen hat. Fünf Millionen Emigranten passen in das gemeinsame Blutbecken. Amerika ist eine mörderische Mutter.

***

Rost. Du hältst die Faust zurück. Die Schwere der letzten Blätter und der Schnee. Höre das Schnauben der Insel. So fern und so nah. Das Meer glitzert für alle, doch wo Kohle ist, verbleibt nur die Angst. Uns verteidigen vor. Sonore Akzente erinnern an Sibirien. Grausam, die Kälte. Aber in Sibirien wird es nie Herbst. Hier muss man — beinahe zitternd — Seite an Seite gehen. Jener Garten oder Mauer oder neue Welt. Das Land der unbegrenzten Möglichkeiten. Rost: von Portobelo bis nach Patagonien. Überall der gleiche Stahl. Fühlung nach Augenmaß. Staub verfinstert das weite Land. Langsamkeit unter den Passagieren: du presst dein Ohr an die U-Bahn, etwas entzündet sich. Brennt sich in den Körper.

***

Amerika ist eine sonore Wüste. Chilenische Geflügelpfanne weckt Tote auf, peruanisches Chilihuhn schenkt Frieden oder Regen­bogen­forelle trinkt kühles Blondes. Dunkle Wolken wandeln Stim­mungen von Tal und Tümmler. Knirschende Steinplatten auf dem Machu Picchu. — Finster ist das Amt, eine Heilige zu sein. Ich hatte ein Land, sie raubten es mir, nun gibt es einen Vergnü­gungs­park: Spiele antworten dem Tod, sind der Tod. Etwas auf dem Weg (Gräblein, Graben, gib mir meine Fassung wieder, das wahre Gesicht meines Landes) ist Grab und Geburt. Aguachile lodert im Kiefer. Kakao schmeckt wund nach Steinschlag. Der Tlaloc-Brunnen, die Strandhütten von Manantiales. Cabo Polonia in meiner Erinnerung. Und der Quell, der unaufhörlich den staubtrockenen, grünlichen Mate tränkt, der Großmutters Stimme umspült.

***

Sie erzählten, es sei eine Ausgeburt von Schlägen, von Stadt­vierteln, wo der Son träge an den Stimmen kratzt und Schnaps­fässer durch die Straßen gewuchtet werden ohne Brot im Leib; sie erzählten, es sei eine Ausgeburt von Verachtung, von Sklavinnen, von bitteren Nachtlagern zwischen Soldaten und kupfernen Kör­pern; sie erzählten, es sei ein Märtyrer — sie irrten, sie irren sich —, dann erzählten sie etwas von Spiegeln und Schweinefleisch, von neuen Vornamen und neuen Nachnamen; sie lehrten es den Gebrauch des Rades (die Null kannte es schon); um ein Haar wäre es am Fieber krepiert. Und jeder Schlag hat es stärker gemacht. Wie das Gedicht, Amerika ist eine harte Narbe auf dem Körper.

***

La Hispaniola. Als sei es das allererste Land. Das ist. Als enthielte diese Erinnerung bereits alle Nächte Amerikas. Spur. Die Männer verrohen vom Rum, sage ich mir. Meine Großmutter betet mit dem Glas Wodka neben sich, beten heißt sich selbst belügen, sagt sie zu mir, aber es ist Balsam für die Seele. Wie destilliertes Falsch­gold. Geburt. Wie ein Schafott, dem man sich mit auf­ge­ris­se­nem Mund und der Gier nach schiffbrüchiger Nahrung ergibt. Spring auf den fahrenden Zug, sag ich mir. Jetzt also Ducati-Schuhe, Schmalspur-Casanovas wie cool, Goldkettchen um den Hals, feines Hemd, die Marke schnappt sich den Körper, brüllt „Herkunft“. Amerika geht unter, und keiner hat es gemerkt. Das andere Amerika hat ihm das Hirn ausgesaugt.

***

Gib mir ein Sandwich. Einen Slang, der die Stimmbänder meiner Sprache schmiert. Ein Trapez will ich. Zum Schweben. Koffein­gereizten Scharfsinn will ich. Zum Eintauchen in. Das andere Land. Ganze Gallonen. Abertausende Liter Blut. Wer sie waren und wer sie sind. Alle sitzen auf einem Seil. Abgrund. Aus den Sprachruinen anklingende Anmaßung. Da ist ein namenloser Land­strich. Auf dem Grund der Tasse, sagt mir eine Zigeunerin im Forestal-Park, ist ein Bild: Ein Mann denkt noch an seine Tochter. Bleib stehen, das andere Land und dieses männliche Profil, das verschwommen aus den Schatten tritt. Serbien war Deckung — Atlantik — ist nun See. Urbild vom See.

***

Eine Blume vom Grab. Verwaschenes Plastik, Erde. Grobnica—Paris. Zisternennacken aus Europas Saat für die Verwahrung der Überreste. Nebel und Kohle. Heu und Bagger, Treibgut. Tang, leuchtende Gesichterflut vor der Reibung. Die ganze Familie zer­splittert. Öl fürs Museum. Friedhof und Nische, vergrab sie im Nerv. Purpurbecken, Plantagen, wo Körper auf Körper gepfropft. Verätzung. Du gehst durch den Wald: viel Vertrauen auf den Lippen. Die Uniform rettet dich auch nicht. Dort, im Golf von Mexiko sirren die Vögel in Rätseln. Höhle oder Habichtskraut. Verschleiertes Meer, der Schlüssel zur Faltung. Die Wasser­ober­fläche erinnert an die Toten. — Sich auflösen in den Falten, in jeder einzelnen Falte der Mutter. Halten Sie die Luft an. Lunge. Atmen Sie tief durch. Haben Sie Schmerzen? An dieser Stelle, ja, genau da? Das ist festsitzende Angst. Das ist Amerika, der Kno­ten in jeder Kniekehle. Splitter, Blume gepflückt in Kalemegdan. Und an jeder Ecke das Bild eines Gartens, in dem die Stimmen blühen.

***

Die leeren Teller. Im Grunde ist der Ton ein Kraftfeld. Blau. Nicht Blau, sondern Provinz und Spur, wo — Eleonora vor unseren Au­gen verschwimmt. Himmel. Der Blick macht die Heimat. Es wei­tet sich in ihr gebärt schlägt über ihr zusammen ihr Land. Ame­ri­ka ist weder Orchidee noch Tier noch Verwandter. Die Stim­me der Großmutter war geschmeidig. Amerika flaniert zwi­schen Fron­ten. Verdreckt das Wasser. Keimt in der Scheiße. Mutter Ame­rika. Vater Amerika. Opfere etwas. Opfere der Pacha­mama ein Körperteil. Betrete dieses Land und durchbohre dir die Zunge. Die Steine predigen Gestalt und Übergang. Blinder Knoten zwi­schen Flüssen. Gebirgskette. Deine Haut — Atacama & Sono­ra, ist Konzentration, Kreiseln, Kartographie und Knoten. Jahr­hundert.

VIDEOS

Videopoema
Música: Alejandra Hernández
Producción de video y diseño sonoro: Nómada
México, 2010
Amérique/América
Acción poética presentada en el ciclo “Poésies sonores et performances”
Chelo: Natalia Pérez Turner / Producción de video: Nómada
Paisaje sonoro: Bishop / Lectura en francés: Agnès Mérat.
Centro Pompidou
París, Francia, 2011

RESEÑAS

Revista Laboratorio
Julio de 2013
Mutación disciplinaria: el caso de Tiento de Rocío Cerón
Paul Guillén

Leer nota

RESUMEN
El concepto de mutación disciplinaria debe ser entendido como “la incorporación al canon poético de recursos de producción y estrategias discursivas provenientes de otras disciplinas” (Galindo). La mutación disciplinaria en el caso de Tiento de Rocío Cerón se da en el cruce de poesía, fotografía y música y cómo estos discursos se hibridan y se reconstruyen a través de la recuperación de la memoria y las identidades. Tiento es el mapa de la migración física e imaginaria; Desde Europa hacia las Américas; Desde los Balcanes hasta los campos uruguayos pasando por el altiplano peruano y llegando al desierto de Sonora, detallando el trayecto de la abuela, la madre y la hija como posibilidades discursivas. Algunos de los trayectos claves de este libro son cómo pensar la historia, el tiempo y el territorio mediante la imagen de la casa y la familia.
Palabras clave: mutación disciplinaria, posvanguardismo, poesía mexicana contemporánea.

ABSTRACT
The concept of disciplinary mutation should be understood as “the incorporation of production resources and discursive strategies, coming from other disciplines, to the poetic canon” (Galindo). In the case of Tiento by Rocío Cerón, disciplinary mutation can be seen in the connections among poetry, photography and music, along to how these discourses become hybrid and are reconstructed through the recuperation of the memory and identities. Tiento is a map of the physical and imaginary migration; From Europe to the Americas; From the Balcans to the Uruguayan countryside, moving to the Peruvian altiplano and arriving to the Sonora desert, while giving details about the journey of the grandmother, the mother and the daughter, as discursive possibilities. Some of these journeys become keys in the book to think about history, time and territory by means of the image of the house and the family.
Keywords: disciplinary mutations, post avant-garde- contemporary Mexican poetry.

Para avanzar en el análisis textual de Tiento de Rocío Cerón se deben resumir algunos de los enfoques que la crítica ha expresado sobre el libro. Se ha dicho que este poemario es “una suerte de videopoema estático pero dotado de un dinamismo de la escritura y, desde luego, de la lectura” (Benavente); también se ha dicho que

(…) el libro de Rocío Cerón se compone de una serie de poemas que narran tres historias de migración. Los personajes, que por momentos también son los hablantes líricos, son tres mujeres de distintas edades: la abuela, la madre y Eleonora. Ahora bien, las fronteras entre cada uno de estos personajes es ambigua, no porque se confundan, sino porque la experiencia de la migración las ha cruzado a todas, y porque el libro está construido de tal manera que sus voces se superponen como un palimpsesto (Iris).

Y también que este libro propone a “la poesía como instrumento de la memoria, como espejo retrovisor de la sangre” (Orozco).

Estas tres citas sirven para organizar al libro en torno a tres ejes: la forma, la migración y la memoria.

La forma

El libro es un poemario compuesto en tres secciones: “Kalemegdan, 1947”, “América” y “Eleonora”. El primer espacio es la Serbia de posguerra, que es el espacio de la abuela. Durante 1947 el territorio de Serbia existía como Yugoeslavia, un país de clara filiación comunista, y anterior a esa fecha, pero en esa misma década, se había producido el exterminio sistemático de serbios, judíos y gitanos a manos de los croatas; por su parte, el continente americano es el nuevo espacio de la madre, y por último, el tercer espacio es el de la nieta.

El poemario viene acompañado de ocho fotografías tomadas por Valentina Siniego, además en la portada se muestra un retrato de un grupo de mujeres sobre varias fotos apiladas, también obras de Siniego. Las fotografías discurren entre lo cotidiano, proponen una narrativa que debe su lógica al espacio de la casa, por ejemplo, una mujer colgando un cuadro, migas junto a un cuchillo para cortar el pan o tres alas de un pájaro que caen. En palabras de Carolina Benavente, esto trataría de evocar “la ligereza final alcanzada por los tres personajes femeninos que protagonizan la historia”; a ello se suma la publicación de dos partituras de Enrico Chapela basadas en los poemas “Anotación sobre la bruma” y “Gramática del nudo”. En el blog de Rocío Cerón (http://rocioceron.blogspot.com) se pueden escuchar estas interpretaciones de Chapela, así como la intervención en el Centro Pompideu entre poesía, video y música.

El concepto de mutación disciplinaria debe ser entendido como “la incorporación al canon poético de recursos de producción y estrategias discursivas provenientes de otras disciplinas” (Galindo, 2004). La mutación disciplinaria en el caso de Tiento de Rocío Cerón se da en el cruce de poesía, fotografía y música, y cómo estos discursos se hibridan y se reconstruyen a través de la recuperación de la memoria y las identidades. La escritora Sandra Lorenzano afilia este libro a poetas como César Vallejo y Raúl Zurita. Entendemos esto al nivel en que el peruano escribe sus últimos poemas, los Poemas humanos, en el exilio parisiense, el poeta siente una ajenidad en el uso del español en un medio eminentemente francófono; y en el sentido en que el chileno despliega en su poesía, sobre todo en su libro Purgatorio, el símbolo del desierto como la trashumancia, pero también como el lugar donde puede estar guardada la historia perdida de nuestros pueblos, en Tiento podemos leer: “América es un desierto sonoro” (58). América como el territorio poblado de sonidos que vienen de otros tiempos. Podemos añadir a esta lista de filiaciones, y siguiendo a Manuel Iris, que Tiento puede ligarse con la obra de la mexicana judía Gloria Gervitz recogida bajo el título de Migraciones, en palabras de Jacobo Sefami, se puede afirmar que en la poesía de Gervitz: “(…) el tema del exilio se aúna, de manera liminar, al del Holocausto. Se trata de una migración radical que se sabe irreversible” (Sefami 13).

La migración

Tiento es el mapa de la migración física e imaginaria. Desde Europa hacia las Américas. Desde los Balcanes hasta los campos uruguayos pasando por el altiplano peruano y llegando al desierto de Sonora, detallando el trayecto de la abuela, la madre y la hija como posibilidades discursivas: “Serbia era cobijo —Atlántico— hoy es un lago. Idea del lago” (61), es decir, lo que se guarda en la memoria es una construcción; siendo duros, lo que se guarda en la memoria es una mentira, es un recuerdo de algo que ya no existe, o citando a Giorgio Agamben en Lo que queda de Auschwitz: “Quizás toda palabra, toda escritura nace, en este sentido, como testimonio. Y por esto mismo aquello de lo que testimonia no puede ser ya lengua, no puede ser ya escritura: puede ser sólo lo intestimoniado” (20).

En ese contexto, podemos citar el concepto de desterritorialización de Deleuze y Guattari, el cual dice que: “es el movimiento por el cual se abandona el territorio. Es la operación de la línea de fuga” (517), entendiendo por esto no sólo una migración física, sino también una migración simbólica de memorias, sentimientos y percepciones del mundo. Además, esta desterritorializacion hace que el territorio se expanda; como hemos visto en Tiento, este movimiento se da desde la Europa devastada, de la cual hay que huir sino se quiere ser parte de las ruinas de la guerra, hasta “hacer la América” (Cerón 57) como el territorio que da una nueva esperanza, pero esto también comporta entrar a una nueva lógica y a una nueva ideología. En este contexto, el mestizaje, lo híbrido, la inestabilidad en la poesía justamente responde a esa riqueza de colisión entre dos mundos, y que como vemos en el libro de Cerón no se trata ya solo de dos mundos, sino de múltiples mundos.

En un poema de Tiento se dice: “Se llamaba Krusevac, ahora Cruz” (55), en este cambio de nombre también hay un cambio de identidad, territorio e ideología. Si nos fijamos en su etimología podemos decir que Krusevac proviene de la palabra serbia “krušac”, que significa ‘piedra de río’, se trata de un tipo de piedra redonda típica de los ríos de la región y utilizada en la construcción de edificios de esos tiempos; en tanto, Cruz es un apellido que proviene del latín “crux”, que fue un instrumento de tortura utilizado por los romanos que, tras la crucifixión de Jesús, se convirtió en símbolo del cristianismo: “Mi abuela reza con el vaso de vodka junto a ella, orar es mentirse a uno mismo, me dice, pero conforta el alma” (60). No se ora por creer en el dios cristiano, se ora porque en determinado contexto —el contexto americano— es lógico hacerlo. Aquí podemos decir que si para los indígenas y su descendencia los templos cristianos fueron erigidos sobre los cimientos de sus antiguos templos y que hasta el día de hoy, en la mayoría de nuestros países, podemos ver este sincretismo en las celebraciones religiosas, para un migrante serbio, por ejemplo, el contexto de este sincretismo funciona de otra manera, se amolda y participa de esa lógica, pero no la comparte del todo. No existe resistencia, sí, en cambio, asimilación.

Algunos de los trayectos claves de Tiento son cómo pensar la historia, el tiempo y el territorio mediante la imagen de la casa y la familia. Para Deleuze “todos los centros de encierro atraviesan una crisis generalizada: cárcel, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un ‘interior’ en crisis, como lo son los demás interiores (el escolar, el profesional, etc.)” (34); un “interior” en crisis que nos habla de maneras de resistir a la agresión de la urbe, maneras de resistir desde el espacio de lo privado al espacio de lo público: “Una familia es tiento. Precisión de sangre. / Una familia es borde. / Derrumbe y asidero. / La habitación es el centro donde rondan los nombres. / Un padre es trayecto entre la creciente y lo que cae” (34). La presencia del padre se torna decisiva, porque se trata de recuperar la lengua a través del cuerpo, y este cuerpo está caracterizado como parte constitutiva de la ciudad, es decir, que cuerpo y ciudad forman una sola unidad que quiere recuperar la lengua y la memoria: “La memoria se ata a la piel como bacteria” (28) e incluso en uno de los poemas de la primera sección titulada “Kalemegdan, 1947”, se trabaja la idea del cuerpo desmembrado, tan cara a Vallejo: “Hombros y quijadas, pies y fémures; cuerpo todo que habita zonas imaginarias, derruidas zonas donde cada miembro es una ciudad entera” (23), la casa es la de la lengua y la piel. En ese sentido: “El hijo dimensiona la muerte. La muerte de su Padre. Pero teme el fracaso de no saber decirlo” (19). El hijo no puede reproducir en un diferente contexto, que es el contexto de la migración, los mismos comportamientos de una heredad, de un linaje. Derrida dice a este respecto que: “Heredar es reafirmar transformando, cambiando, desplazando. Para un ser finito, no hay herencia que no implique una suerte de selección, de filtro” (2001). Pero solo una esperanza nos queda en la figura del Padre y de la nieta: “Diga Padre (sepulcro) y tome la mano de ella. Eleonora” (35).

La memoria

La memoria se construye a través de los otros y esto se produce por intermedio de la lengua madre. Por eso, aquí es imprescindible la figura de la madre como “la hendidura (…) apenas cuerpo conocido” (24). Tiento también posee la capacidad de problematizar el concepto de América como “una madre que mata” (56) o “una dura cicatriz en el cuerpo” (59), esto quiere decir que la migración de territorio, desde Europa hacia América, comporta un movimiento de reterritorialización, en tanto, se asume un nuevo imaginario, una nueva lengua y un nuevo cuerpo: “todo antepasado es extranjero en punto, emergiendo en historias de sobremesa” (28) o “Cada nombre anterior es un nombre propio, mío” (29). La memoria se liga a la figura de la abuela que “esconde en su seno los restos (migas) del apellido” (36) y en la figura de la nieta: “El pensamiento busca origen: / opus nigrum para mantener quieto (anclado) / el secreto de infancia” (28), restos y secretos son dos puntos de una misma línea en ebullición que es la historia de la familia, de la humanidad.

Quería dejar para el final esta idea. En varios pasajes del libro se menciona la palabra “nudo”, la entiendo ligada a un sistema de escritura prehispánico, los famosos quipus de los incas; en Tiento, creo que está idea se apoya también en la mutación disciplinaria en la que se trata de romper el logocentrismo de la escritura y buscar la performatividad de la poesía, sea en verso escrito, fotografía, música o video: “Nudo ciego entre ríos. Cordillera. Tu piel —Atacama & Sonora, es concentración, vueltas en círculo, cartografía, nudos” (63).

Al final de Tiento, en la tercera sección titulada “Eleonora” se le dice a la nieta que: “Quedarás tú, la nueva historia que escribas (…) Encadena la errancia” (69), morirán los abuelos y los padres, su historia y memoria que se encuentra en los sótanos entre las brumas aguardando ser actualizada, pero la nieta Eleonora, que representa la inocencia, será la luz del mañana.

En suma, Tiento es el recorrido de la abuela, la madre y la hija en busca de una nueva identidad y lengua. Aquí citaremos a Derrida, en El monolingüismo del otro, para decir que, y en referencia a Paul Celan: “Sí, no tengo más que una lengua; ahora bien, no es la mía” (1997). Tiento viene a informarnos de esa crisis, pero a través de los símbolos de la piedra y el desierto. Tiento es familia y sangre. Tiento es América.

Bibliografía

Agamben, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. Valencia: Pre-textos, 2000. Impreso.

Benavente, Carolina. “Clasicismo criollo: Tiento, de Rocío Cerón”. Crítica Nº 142. Puebla: Universidad Autónoma de Puebla. 2011.

Cerón, Rocío. Tiento. Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León. 2010. Impreso.

Deleuze, Gilles. Conversaciones. Valencia: Pre-textos, 1999. Impreso.

Deleuze, Gilles y Félix Guattari. Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos, 2002. Impreso.

Derrida, Jacques. “El monolingüismo del otro o la prótesis de origen”. Buenos Aires: Manantial, 1997. Edición digital de Derrida en castellano  

Derrida, Jacques. “La lengua no pertenece (Entrevista con Évelyne Grossman)”. Diario de Poesía Nº 58. 2001. Edición digital de Derrida en castellano. 

Galindo, Óscar. “Interdisciplinariedades en las poesías chilena e hispanoamericana actuales”. Estudios Filológicos Nº 39. Valdivia: 2004, p. 155-165.

Iris, Manuel. “Palabras y vislumbres, Tiento, de Rocío Cerón”. Agulha Hispánica.

Lorenzano, Sandra. “Plegaria y herencia”. Literal Nº 24. Web.

<http://www.literalmagazine.com/english_post/plegaria-y-herencia> Orozco, Gaspar. “Algunas notas sobre Tiento de Rocío Cerón”. Texto de presentación leído en New York, diciembre 2010 (inédito).

Sefami, Jacobo. “La herida y el milagro en las “Migraciones” de Gloria Gervitz”. Confluencia, Vol. 20 Issue 2, p13-24. Greely, Colorado: University of Northern Colorado, 2005.

23/junio/2013

Los Desconocidos de Siempre
Septiembre de 2012
Derrumbe, asidero y heredad. Sobre el libro Tiento de Rocío Cerón
Por Camila Krauss

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Por Camila Krauss
Creo que para muchos está latente la experiencia del lugar que ha cobrado la poesía en estos días –y este no es un pronunciamiento político–, no voy a colgarme de este espacio para manifestar exigencias de otra índole, pero ¡a quién no le ha permeado el sinsentido de cohabitar al ras de la calle por encima de fosas de cadáveres o de manejar por avenidas donde también circulan perpetradores de crímenes horrendos. Al interior del país se sobrevive en límites muy frágiles. Para el grado de “absurdidad” que nos golpea, en días aciagos, yo sólo le veo de dos sopas: o la poesía o el suicidio (me refiero al suicidio intelectual, creativo, cívico…).

La poesía nos reúne (re-une). En esta sala hay un pedazo de país que no es dócil ni conformista, esto a algunos incomoda. Más allá del grado de afinidad o cercanía con el poeta Javier Sicilia, el hacha a todos nos la han zanjado, ¿Qué significa que un padre en la morgue ante el cadáver de su propio hijo torturado diga:“entre un padre y un hijo no puede haber tanto silencio…”? ¿Qué significa decirle a la imaginación me mataron a un hijo, estoy huérfano, no escribo más, este es mi último poema…? ¿Qué significa que la poeta –y también mamá– Rocío Cerón suscriba en un verso que: “El hijo dimensiona la muerte”? En México, más complejo que la postmodernidad es la “post-poesía”, el after-narco, es decir, posthumanismo…

Tiento, acoto y corto por lo sano. Rocío Cerón ha escrito algo digno de transmitirse y es lo que ahora ocupa. Subrayé los versos de Rocío que me dieron un revire y me dejaron pensando. Sumaron 39 y de su repetición y reflexión salieron estas palabras.

Recién en un texto de Fabián Casas, leí lo que agregó con puntería al cliché: “Nacemos solos, morimos solos… [sí] y en medio está la familia…” ¿La familia es follaje, partitura o música en el exilio, “derrumbe y asidero”…? Respóndete con tiento. El asunto de este poemario es el: “Clan… facciones entretejidas por los siglos (…) clan… una visión sin argumento…”

Cerón advierte la ruta:

“Una familia es tiento.
Precisión de sangre
una familia es borde.
Derrumbe y asidero (…) Algo ahí espanta”

Esta es la materia y tema del libro de Cerón. Pero con esta obra, la autora no nos pide una lectura convencional, sino también ser espectadores del trabajo fotográfico y de la música que acompañan a esta edición. Por empatía y preferencias personales, asocio la exploración de la poeta Rocío Cerón con la del movimiento FLUXUS. George Maciunas, alias el “chairman”, comenzó en 1962 con una editorial que devino laboratorio de videoarte, (este laboratorio tuvo, y tiene, tal impacto que aun marca la muestras del Audio Festival Art, en el Museo Whitney de Nueva York). Maciunas encaminó y permitió que se expandiera un movimiento –norteamericano en sus inicios, pero que encontraría eco en varios países de Europa y en Japón. Inspirados en Henri Bergson y su poética del “flujo imparable” y en los soportes tecnológicos de entonces, Maicunas junto con John Cage, Yoko Ono y otro puñado de irredentos buscaron, –sin afán comercial–, hacer uso de distintos medios para reproducir mensajes.

Todavía tenemos en la nariz polen de los sesenta. No hay por qué incomodarse ni tampoco por qué exacerbar su influencia. El Pop es el sello de una estética y, ¿por qué no? el sello de una especie de psicología en sí- (la psique-pop, ¡ja!) Decía Albert Camus que en los sueños no hay sentido del humor, por eso pienso al Pop Art como una consecuencia regresiva del movimiento Surrealista. El humor tuvo no una butaca sino su happening dentro del movimiento FLUXUS. Rocío Cerón está proponiendo, sin la altisonancia sesentera, sino con decantada elegancia y buen gusto, el uso y el consumo poético de medios escénicos, audiovisuales y digitales.

En diferentes momentos de la historia del arte, explorar, de manera conjunta, artes visuales, música y literatura, busca restablecer la aparente fragmentación entre el medio y el mensaje. Para mí esta necesidad de experimentar surge de una motivación por activarse, por accionar, interactuar y restablecer más que comunicación, expresión, necesidad de contacto, es decir, experiencias sensoriales.

Con esta obra, Rocío Cerón nos recuerda que la poesía es un arte acústico, una disciplina que transcurre en el tiempo y está compuesta para el oído. Tiento implica ejecución. Desconozco si desde su concepción inicial para este libro trabajaron a la par, Valentina Siniego y Enrico Chapela, o si una vez terminado el manuscrito, los amigos artistas interpretaron esta “heredad”, este escrito familiar que Rocío expone y donde se esconde una épica.

El chelo hace su “anotación en la bruma…” [Escuchar al chelo]

Escrito en verso libre, en cláusulas en un tono menor y sin lugar a dudas, enfático, justo y solemne la poeta: “Dirá que nada es cierto. Pero la sangre escribe”. La forma de este libro responde a la estructura de un metrónomo que encantaría a György Ligeti. No hay artificios, pero la naturalidad es aparente. Se trata de una ópera leve que no revela móviles psicológicos ni culmina en tragedia. Hay dolor sugerido y una promesa de duelo recurrente en los poemas de Tiento. Ahogo o desahogo. Me parece que muchas veces el chelo dice: ¿En qué exilio no figura un columpio: ahora esta vacío… ahora se desocupa…? Un columpio-metrónomo que es –como señala la autora en el epígrafe: ´“Herencia y peso (…) carne y alma…ambas inacabadas…” El ritmo en esta publicación tiene la austeridad del recuento. Tal vez Cerón con esto nos adelanta que se prepara a elaborar un futuro material sinfónico.

Tiento es tacto que calcula: orden, proporción, armonía. En una red de conexiones y utensilios de comunicación es difícil librarse de influencias, Rocío Cerón se apega a una construcción de imágenes de materia dura y naturaleza nunca endeble: “América es una madre que mata”, “América es una dura cicatriz en el cuerpo”.

Para Rocío Cerón el poeta no puede ser invisible y recurre al video como un medio para acercar al lector a algo más que a la página. El video puede servir al yo lírico dotándolo de una corporeidad “impresa” en imágenes y sonido. La poesía audiovisual vuelve recurso estético la voz y los gestos. Las estrofas son videoclip (o viceversa) y sus elementos son: silabeo, pulso, cadencia respiratoria, color y textura de la ropa que viste el poeta cuando lee en presente y es capturado para siempre. La expresión del pensamiento literario queda rebasada por el apoyo del documento audiovisual y le da otras calidades y otras cualidades para perdurar en la memoria.

“Entre el funeral y el almuerzo los viejos fumadores,/ el vendedor anónimo de helados…”Así andamos peregrinando errancia que encadena, “sepultura y nacencia”. Vamos alzando, o escribimos desbrozando, las “migas del apellido” en exilios que son sinónimo de ciudad-en-el-presente. Cerón nos emparenta, con tiento, en un mismo apellido que compartimos con orgullo y bastardías: América. “Llamaremos miedo al continente, enuncie usted al responsable.”

19/septiembre/2012
Revista Salón de letras
Agosto 20 de 2011
Poesía balcánica, Tiento de Rocío Cerón
Por José Pérez Espino

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La poesía de Rocío Cerón no es de búsqueda. Es de creación. Como en Imperio (Monte Carmelo, 2008), en Tiento concibe una cosmogonía familiar que parte de la ausencia del padre a partir de una noción bélica y de una fatalidad inevitable. Un clan femenino en el que los sentidos transmutan de madre a hija. Como sus cuerpos migran a través del océano para arraigarse en la tierra nueva.

Tres mujeres, una experiencia. Un canto épico a la emigración. El ritmo de los poemas posee una musicalidad que potencia su melancolía. Por la nostalgia de la patria que no fue, el sonido de las palabras duele. Una elegía generacional cuya voz triste inicia en un lugar de los Balcanes y termina en Norteamérica. También es una revelación: la poesía mexicana tiene porvenir. El volumen incluye fotografías de Valentina Siniego y partituras de Enrico Chapela generadas a partir del libro (la música puede escucharse online).



(Rocío Cerón. Tiento. Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 2010, 78 p.)

Leer nota en el sitio Salón de Letras

20/agosto/2011
Revista Agulha Hispânica
Julio de 2011
Palabras y vislumbres, Tiento de Rocío Cerón
Por Manuel Iris

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Migrando, acaso, como una rara avis, y bellamente editado por la Universidad autónoma de Nuevo León, ha llegado a mis manos Tiento, de Rocío Cerón. Luego de leerlo, verlo y escucharlo varias veces me he dispuesto a escribir esta reseña sabiendo que la reflexión sobre este libro me llevará a pensar en la poesía nacional, su conservadurismo, y en el papel en ella de una voz peculiar, distinta y ya con merecido prestigio.

A pesar de su juventud, la figura de Rocío Cerón es frecuentemente nombrada en el ambiente literario mexicano no sólo por su poesía sino por diversas propuestas que, partiendo de lo lírico, exceden este campo para proponer nuevas lecturas y maneras de hacer arte con palabras. Recuerdo como ejemplo al colectivo Motín Poeta que realizó durante varios años un conjunto de propuestas interdisciplinarias vertebradas en el texto poético. En su página de internet (motinpoeta.blogsot.com), hablando de Imperio, libro de Cerón salido bajo el sello de Motín Poeta, puede leerse que:

Imperio/Empire puede leerse, escucharse y verse como una suma orgáncia de las experiencias artísticas que en este libro dialogan: poesía (Rocío Cerón), música (Bishop), video (Nómada), esténcil y gráficos (Tower) y diseño (Magui Pizarro), todo a partir del trabajo hecho en colaboración en feliz encuentro de las búsquedas en un sólo proyecto que deja ver que las realidades del mundo -al menos el que intenta crear un vínculo con el arte contemporáneo- son inmensas. Con un CD y guardas con acabados a mano, haciendo cada ejemplar único, y con la colaboración especial de Tanya Huntington en la traducción, Imperio/Empire es un proyecto expansivo, una pieza única, interdisciplinaria que habla sobre la íntima violencia de una guerra en el núcleo familiar y el estallido que da pie a la caída de un imperio.

Lo anterior da al lector que apenas se acerca a la propuesta de Rocío Cerón, una idea de su trabajo. Quiero señalar, en todo esto, una no pequeña virtud: tanto en Imperio como en Tiento los poemas de Cerón no parecen hacer sido escritos para el diseño, video, gráficos o lo que fuere. Son, eso sí, el punto de partida y de llegada de esas otras expresiones, su epicentro. Otra gente ha señalado lo mismo como un defecto, y pienso que es porque le han pedido al libro o a la propuesta cosas que no ofrece ni tiene por qué ofrecer. Como lo entiendo, el trabajo de Cerón no se trata de crear arte-objeto, sino de ofrecer un conglomerado de expresiones diversas, convergentes en el poema.
Sin hablar más del papel que Motín Poeta indiscutiblemente tuvo como señalamiento de una carencia en la poesía nacional mexicana, sumamente conservadora en sus vertientes canónicas, me interesa tomarlo como antecedente de Tiento, porque creo que un libro como éste no pudo haber salido naturalmente de una pluma mexicana que no fuese la de Rocío Cerón. Digo esto no como halago, sino como consecuencia natural: ella es el más visible rostro de este tipo de aproximación a la poesía en México.

Complejo en su concepto más que en la escritura misma de los poemas que lo componen, Tiento es desde su título una indagación. Tiento es el nombre del acto de palpar, de descubrir con el tacto, o el nombre del bastón que usan los ciegos. De cualquier manera, es un vislumbre que deja de lado la vista para descansar en otros sentidos. Por ello este libro no termina de ser, con completa consciencia, completamente lírico ni narrativo. Es una búsqueda, a tientas, por terrenos lejanos fuera y dentro de las geografías del mundo, la emoción y la memoria.

Teniendo como más claro antecedente nacional, cuando menos en lo temático, la poesía de Gloria Gervitz, el libro de Rocío Cerón se compone de una serie de poemas que narran tres historias de migración. Los personajes, que por momentos también son los hablantes líricos, son tres mujeres de distintas edades: La abuela, la madre y Eleonora. Ahora bien, las fronteras entre cada uno de estos personajes es ambigua, no porque se confundan, sino porque la experiencia de la migración las ha cruzado a todas, y porque el libro está construido de tal manera que sus voces se superponen como un palimpsesto que, acaso, no es necesario destejer, sino apreciar en su indiferenciada, si bien lograda, riqueza.

No es, sin embargo, un libro de anécdotas de viaje en clave lírica, sino un libro de experiencias líricas a través de la historia de estas migraciones. Tan es así que la composición del volumen, que incluye dos partituras de Enrico Chapela y fotografías de Valentina Siniego Benetati, invita a la experiencia lírica. Quiero decir que la música y las fotografías no son “aclaradoras” de lo que se narra en los poemas, sino sus acompañantes complementarios. La música (que puede y debe escucharse en el blog de Rocío Cerón) expresa mucho más una situación emotiva que una historia, lo mismo que las fotografías. Libro que narra, Tiento no pretende decir un hecho (aunque lo hace) sino transmitir una emotividad asociada a la migración y todo lo que ésta conlleva: La familia, el abandono de un lugar, el arribo a otro nuevo, la identidad ganada y la dejada atrás.

En cuanto a su estructura, el libro se compone de tres secciones, a su vez divididas en varias otras. La primera se titula Kalemegdan, 1947. El título mismo nos remite a Belgrado y al año en que la migración empieza. Las siguientes partes se titulan América, nombre del lugar al cual se llega, y Eleonora, que es la más joven de estas tres mujeres.

Al final del libro el lector, algo confuso todavía por este novedoso espécimen verbal, puede leer una reseña-epílogo de José Manuel Springer titulado Palabras, dardos que se entierran en el corazón de la bruma y crean imágenes con su sonido. A pesar de que no soy partidario de los Prólogos o epílogos en primeros libros, o en primeras ediciones de poesía, creo que este texto, dada la naturaleza de lo que lo antecede, es bastante pertinente. De cualquier modo, y como cualquier libro que valga la pena, Tiento requiere y merece varias lecturas.

Hacia el final de la primera parte, y durante la totalidad de la segunda, los poemas de tiento se hacen prosa. El cambio de aliento y la ligera variación de tono entre verso y prosa a lo largo del texto tiene (me parece) una función rítmica: los poemas en prosa dan cuenta de situaciones visuales, corporales, físicas, y con ello logran provocar la emoción a que remiten:

Herrumbre. Contener el puño. La gravedad de las últimas hojas y la nieve. Escucha el resoplido insular. Tan lejos y cercano. El mar brilla para todos pero cerca del carbón sólo resta el miedo. Defendernos de. Acentos sonoros recuerdan a Siberia. Pero en Siberia nunca llega el otoño. Aquí −casi temblando− hay que ir codo con codo. Aquel jardín o muro o tierra nueva. Hacer la América. Herrumbre: desde Portobelo y hasta la Patagonia. Acero sin distinciones. A ojo se hace el tiento. El polvo ensombrece las extensiones de tierra. Lentitud entre los pasajeros: pegar el oído al subte, algo se inflama. Algo ya marca el cuerpo. (57)

Por su parte, los poemas en verso tienden a sondear las emociones de modo más abstracto porque no buscan crearlas sino internarse en ellas. Cito como ejemplo un fragmento del poema Gramática del nudo, que es uno de los mejor logrados del libro, y también título de una de las piezas Enrico Chapela:

Algo nos precede. Letal. Como el primer día que aprendimos a hacer nudos.
Y a cada ritmo un fardo un bloque una ceguera un escondite.
—animal cautivo, apenas intuición o atentado de luz. Algo clama un patio de hileras verdes y fresnos crecidos hasta el instante de la boca. ¿Quién habla en mi cabeza y aturde al bulbo con su llanto? El pensamiento busca origen:
Opus nigrum para mantener quieto (anclado) el secreto de la infancia.

Tomando en cuenta el libro en su conjunto, diría que los poemas en prosa son más cercanos a la fotografía, mientras que los poemas en verso lo son a la música. No es casual que las dos partituras de Enrico Chapela compartan título, precisamente, con poemas en verso. De nuevo, no me parece que el libro sea ni pretenda ser arte-objeto, sino un conjunto de expresiones distintas que pretenden converger en una sola, porque han sido concebidas, todas, como acto poético.
Tiento es, pues, un libro coherente y bien logrado. Su lectura no es sencilla, pero no tiene razón de serlo, porque pretende precisamente un acercamiento a ciegas, por parte del lector, a la realidad vislumbrada en él.

Lo dije al inicio, y quiero con ello terminar esta breve reseña de Tiento —libro que, dicho sea de paso, me parece recomendable para todo aquel que, consciente de la enorme y clara tradición poética nacional, quiera ver sus esquinas menos comunes—: la propuesta de Cerón es ya clara y respetada, siendo siempre novedosa.

Considero que, a pesar de sus diferentes facetas como editora (no mencioné, por motivos de espacio el bello proyecto editorial El billar de Lucrecia) y creadora de proyectos culturales interdisciplinarios, Cerón es fundamental y esencialmente Poeta. Tiento es, por su parte, un libro de muy bella y verdadera poesía.

Manuel Iris (México, 1983). Poeta y ensayista. Autor de Versos robados y otros juegos (2004 y 2006), y Cuaderno de los sueños (2009).
Contacto: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

Julio/2011
CRÍTICA - Revista cultural de la Universidad Autónoma de Puebla
Febrero 28 de 2011
Clasicismo criollo
Por Carolina Benavente

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…et plus il y a de corps plus il y a de pensée…
Antonin Artaud

Rocío CerónUna voz honda mas no solemne. Esta carac­terística, atribuida por Rocío Cerón (1972) a un grupo de poetas peruanos contempo­ráneos, bien podría aplicarse a la propia poesía de esta escritora, artista, editora y gestora cultural mexicana. La ponderación y el riguroso trabajo en torno a la lengua podrían ser otros de sus rasgos destacados, al igual que los constantes cruces con la música, el video, la fotografía, la danza o el performance, ya sea en sus libros, ya sea en sus presentaciones. Tenemos así la paradoja de una obra densa, que podría ads­cribirse al linaje “metafísico” de la poesía mexicana —según observa Raúl Zurita—, pero que no deja por ello de interrogar sus vínculos con otros registros estéticos, así co­mo con la propia materialidad de la palabra.

El quehacer de Cerón conlleva un tratamiento de la relación con la modernidad que resulta singular en la actual producción artística y literaria de nuestro continente. En efecto, en contraste con las opciones de lo pop y lo neobarroco, Rocío elabora una suerte de clasicismo estético que me parece fundamental relevar al integrar otra faceta del acriollamiento entendido como poética de los fragmentos que, al mismo tiempo, resulta constitutiva de nuestras cul­turas. En principio, no hay nada más lejano de lo clásico que nuestras caóticas, bastardas sociedades, pero la obra de Rocío Cerón, y en particular Tiento, refuerza en mí la im­presión de un clasicismo criollo que no es obsecuente con el occidental, ya que no lo copia, sino que indaga en sus mecanismos.

Es imprescindible desmontar nuestros lugares comunes acerca de lo clásico. Usual­mente, éste remite, en estética, a un conjunto de formas o figuras surgidas en la Antigüedad grecorromana, líneas sobrias y depuradas, racionalmente organizadas según patrones geométricos y regidas por un ideal de equilibrio que habría que se­guir. De hecho, esta acepción, la del mode­lo a seguir, define lo clásico entendido como objeto de primera clase. No obstante, se­gún expone Gilles Deleuze en sus clases sobre pintura,1 la descripción realizada no se adecúa del todo a la concepción del ar­te griego, la que sería más bien orgánica, dinámica, volumétrica y colectiva, aunque preservando elementos del arte egipcio que, él sí, sería geométrico, esencialista, plano e individualista. En el arte griego, observa el filósofo francés, es posible leer el derrum­be de todas las certezas.

Lo anterior, aunque dicho en forma muy simplificada, me permite explicar que lo clásico occidental, su primigenio referente grecorromano, lo es en tanto ya anuncia el pliegue barroco que permitirá la constitución de un proyecto imperial occidental de clase mundial. De hecho, como sugiere el pensador antillano Édouard Glissant,2 no cabría oponer estrictamente movimiento y estabilidad, como tampoco abogar por uno de ellos en especial, sino más bien dar lu­gar a una apreciación de sus mutuas imbri­caciones. Para el caso caribeño, por ejemplo, él defiende la instauración de una fijeza —en su caso, vinculado al ejercicio de la escritura alfabética— impregnada de movi­miento —de oralidad y de ritmo—, de ma­nera de asentar el proyecto civilizacional de Lo Diverso. Y me parece que la articu­lación compleja entre tales elementos, pero también su veladura, el ocultamiento de esta relación, es lo que ha contribuido a rigidizar la imagen de lo “clásico” en el canon occidental.

Con base en lo anterior, observo que, mientras el proyecto neobarroco tiende a idealizar la convulsión, Rocío Cerón adop­ta una mirada relativa de lo fijo y lo convulso, aunque apuntando, al igual que Glissant, a redimensionar el primero de estos términos. Dado que en el Caribe el sentido de la fragmentación es mucho ma­yor que en México, podría invertir mi argu­mento inicial y señalar que, de hecho, lo más llamativo en la obra de Cerón no sería tanto su clasicismo en sí como el barroquismo de éste, generando desvaríos que conducen a nuevos estados de quietud. En Tiento, esto se percibe si se toman en cuenta algunos aspectos sobre los cuales me explayaré brevemente, apoyándome para ello en la pertenencia de este libro a una trilogía compuesta, además, de Basal­to (2001) e Imperio (2008).
El primero de estos aspectos tiene que ver con el libro mismo como soporte de una obra que trasciende el plano netamen­te literario para entablar un diálogo con el registro fotográfico de Valentina Siniego y la composición musical de Enrico Cha­pela, otros dos destacados creadores mexi­canos de hoy. Mientras que Basalto fue publicado ajustándose al formato conven­cional de escritura-poemario, Imperio dio lugar a una segunda edición en la que la palabra se enlazó a un tratamiento visual de parte de otros autores. Según la opinión de un crítico, esto se dio de un modo algo forzado, aunque la interdisciplinarie­dad en Tiento me parece bastante lograda, pues las colaboraciones de Siniego y Chapela se enlazan armoniosamente con la estética verbal de Cerón.

Por un lado, en cuanto a la visualidad aportada por Siniego, destaca el hecho de que se trate de fotografías, ya que esta téc­nica de reproducción basada en la captu­ra de la luz se encuentra hermanada con la escritura por medio del grafismo. Ade­más, sobresale a primera vista el hecho de que estas fotografías hayan sido impresas en blanco y negro, adaptándose sin mayo­res sobresaltos visuales al cromatismo em­pleado en las publicaciones literarias. La obra de Chapela, por otro lado, no fue anexada a través de un disco compacto u otro medio de grabación digital, sino in­tercalando en el texto los cuadernillos des­plegables con las partituras de sus dos composiciones, “Anotación sobre la bru­ma” y “Gramá­tica del nudo”. De hecho, Enrico Chapela es un atípico compositor de música clásica. Esta circunstancia tiene bastante que ver con mi lectura de Tiento.

El uso de los procedimientos señalados es sin duda el más llamativo en una primera aproximación al libro de Cerón, que adquiere de este modo un estatus audiovi­sual otro, como una suerte de videopoema estático pero dotado de un dinamismo de la escritura y, desde luego, de la lectura. Tiento no es en rigor un libro-objeto ni un libro que cabría dentro de lo experimental, sin dejar de serlo. Sería más bien un libro que ocupa una amplia gama de recur­sos de escritura para tensar y potenciar el espectro de lo literario, de lo letrado, pero sobre todo de lo racional como dominio orientado por el sentir y de una intelectua­lidad regida por la emotividad poética, pero que no abdica ante la exigencia del pensar.

Un segundo aspecto sobresale, después de hojear el libro, al comenzar la lectura de un texto dotado de una peculiar caden­cia y de pregnantes momentos de silencio, como si todo lo importante en él ocurriera en esos puntos y en los espacios que median entre aquellos versos. Si bien el uso de enunciados breves y como entrecor­tados no se da a lo largo de todo el texto, sí se da de manera reiterada, como ocurre en “Sisa. La cavidad. La hendidura. La madre”. Sobre todo llama mi atención el hecho de que estas oraciones, a veces palabras únicas, sean separadas por signos cuya función no sería únicamente la de culminar una idea para dar paso a otra idea asociada, sino ante todo la de proyectarnos hacia la conciencia de la poeta reflexionando sobre sus palabras. De un modo distinto al uso de palabras escalona­das en líneas, los puntos utilizados actúan aquí como verdaderos puntos de fuga ha­cia la subjetividad de la escritora que ha hecho pacto con la poesía. También en este nivel gramatical tenemos el recurso a la detención como elemento que toma realce en tanto permite la progresión del discurso verbal.

Desde este punto de vista, se acentúa la coherencia con el recurso visual a la fo­tografía, que es por excelencia el arte de la captura del momento y de la ilusión de una parálisis en el tiempo. Es interesante cómo las imágenes tomadas por Valentina Siniego no sólo van hilvanando una historia en su conjunto, cuestión sobre la cual volveré, sino que cada una de ellas muestra situaciones que nos invitan a construir historias: una casa, una mujer tejiendo, mi­gas de pan acompañadas de un cuchillo, las siluetas de algunos hombres sentados a una mesa, unas plumas que caen… En total son ocho imágenes, sin contar el re­trato de un grupo de mujeres ubicado sobre un montón de otras fotografías en blanco y negro que figura en la portada.
No estoy capacitada para referirme a la música en este nivel, pero he recurrido al conocimiento musicológico de la chilena Adriana Barrueto para lograr hacerlo de alguna manera. Debo precisar que sólo le pedí una impresión rápida basada en la escucha de las piezas de Enrico Chapela, las que son interpretadas en cello por Na­talia Pérez Turner y están alojadas en el blog de Rocío Cerón. Es decir, ella no tuvo acceso a las partituras. Sobra decir que está exenta de cualquier falla en el análisis de segundo grado que yo pueda hacer con base en sus observaciones. En “Ano­tación sobre la bruma”, señala Barrueto, puede leerse una transformación que va desde lo melódico a lo rítmico, dentro de una métrica muy libre que se basa princi­palmente en un rubato constante con varia­das inflexiones de velocidad. En “Gramática del nudo” predomina la relación de suspenso constante entre estados inciertos, quebrados y violentos y otros estables, pre­decibles, reiterativos y fluidos: esta relación podría definir la gramática del nudo, entendido éste como estado de enmaraña­miento creativo donde la quietud es cómplice del desvarío.

El tercer aspecto de Tiento es el narra­tivo. Si la belleza de Basalto radicaba en la instalación de la poética en el centro del poema, animado por una concepción plás­tica del idioma como roca a esculpir, la de Tiento se asienta en el descentramien­to de este esfuerzo hacia núcleos diversos de emotividad y afección. El combate cuer­po a cuerpo con la lengua persiste, pasión por la palabra cincelada, pero el peñón se ha domeñado en ese esfuerzo y reemerge como basamento de otras aventuras del decir, así como de nuevos enlaces dentro de la vívida tradición del sentir.

Al igual que en Imperio, hay en Tien­to una práctica de la poesía como rumiada lenta de los hechos del mundo, dispositivo estético que consiste en palpar su aliento y urdir los jirones de sentido que se alojan inescapables en la experiencia colecti­va. Pero mientras en el poemario previo la excursión parecía acontecer en las hendi­duras de una astillada pantalla televisiva, esta vez el viaje nos conduce a la memoria familiar migrante de un silencio incubado en medio del bullicio planetario, albergan­do sus atronadoras fracturas de ciudades bombardeadas desde el cielo, desiertos res­quebrajados por el sol y mujeres exiliadas de sí mismas que dibujan una genealogía doméstica y global a la vez. Lo interesan­te es que la trayectoria geográfica seguida por este maletín de recuerdos nos condu­ce de regreso al continente, esbozando un tiento-tentáculo filial que surge de las en­trañas de Europa y se desliza sobre el ma­pa de América, de Este a Oeste, de Norte a Sur, para arremolinarse en torno a un punto preciso que es un hogar y su casa, remanso de intimidad desde donde se lle­va a cabo una reflexión y una inscripción sobre/en la gran historia.

Las fotografías de Valentina Siniego acompañan de manera eficaz este viaje, ya que, a pesar de haber sido tomadas en Serbia y ser, por ende, documentales, no contienen detalles que permitan asociarlas a esta localidad concreta, evocando por ende un rango más amplio de culturas y personas que incluyen a las nuestras. Este emplazamiento coincide con el lugar don­de empieza el poemario de Cerón, que es la ciudadela serbia de Kalemegdan, lo que, de acuerdo con las autoras, sería una ca­sualidad. En cualquier caso, la travesía fo­tográfica de Siniego se inicia frente a una casa y parece recorrer distintos espacios de la misma, capturando oblicuamente a algu­nos de sus habitantes, para terminar con las imágenes de una puerta cerrada y de tres plumas como flotando en el aire de una extraña manera, como evocando la ligere­za fi­nal alcanzada por los tres personajes femeninos que protagonizan la historia de Rocío.

El análisis de Adriana Barrueto es muy importante pues me permite nombrar y per­cibir algunos fenómenos auditivos y sensoriales que ocurren al oír la música de Chapela. Por ejemplo, el contraste entre la quietud de “Anotación sobre la bruma” y la convulsión de “Gramática del nudo” me parecía evidente, pero no lo era la evolución general de este conjunto de dos composiciones hacia un estado de predominancia rítmica que, a su vez, está puntuado por diferentes “nudos” de estabilidad. Y esto sin contar con el efecto global de autono­mía que ello produce en el oyente, descri­to del siguiente modo por la musicóloga: “Ambas obras crean la sensación de fenó­meno autopoiético o de pequeños sistemas que al empezar a funcionar se transforman o mutan, casi sin la necesidad de la ‘orden’, la decisión o la creación del compositor, como si cada configuración sonora reaccio­nara a la acción de las anteriores.”

Se reitera aquí la idea de un equilibrio (“Anotación sobre la bruma”) generador de incesante potencia, tanto más cuanto que ésta descansa en la utilización de pocas no­tas (“Gramática del nudo”). Trasfondo de precariedad popular que encuentra corres­pondencia en los escenarios fotografiados por Siniego, así como en una pequeña his­toria que transcurre al margen de las gran­des narrativas de este mundo y que, si se ha encontrado atada a sus convulsiones, ha logrado crearse nuevas condiciones de equi­librio.

Hay excavaciones destinadas a erigir co­losales edificaciones verticales, pero otras, como la de Rocío Cerón, sostienen las pare­des infinitamente porosas de un laberinto de experiencias que se entrecruzan sobre las páginas de un libro como sobre la hor­migueante superficie del planeta. Tiento es esta madriguera donde se enlazan voces, memorias, historias, multiplicadas por las resonancias visuales y musicales de un poe­mario transdisciplinario y colaborativo. Es­te libro es un basamento. Un punto de equilibrio. Un haz de posibilidades en la difractada aventura del acriollamiento.

1 Gilles Deleuze, Pintura: el concepto de diagrama, Cactus, Bue­nos Aires, 2007.
2 Édouard Glissant, El discurso antillano, Mon­te Ávila, Caracas, 2005.

28/febrero/2011
Letra.s5 / Proyecto Patrimonio
Diciembre 8 de 2010
Kuyaq epic: Desolación y memoria en Tiento de Rocío Cerón
Por Darwin Bedoya

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I.- Mientras dura el silencio o la representación de lo ausencia:

[…] deben ser Nostalgia de la muerte (1938) de Xavier Villaurrutia, Muerte sin fin (1939) de José Gorostiza y Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973) de Jaime Sabines, los más altos referentes de la poesía mexicana referida a la memoria, la desolación y a la muerte. Estos libros de alguna manera tienen filiaciones con el más reciente libro de Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972), autora de Tiento, (UANL, México, 2010, 78pp.) En esta sexta entrega de la poeta, ganadora del Premio Nacional de Literatura de México Gilberto Owen 2000; encontramos éteres que nos hablan de la memoria, la desolación, el vacío, además de la conservación y pérdida de la ilusión y nos antepone la muerte como calma y auge de la vida ante la epicidad de la voz que señala estar aquí, ahora. Las fronteras discursivas que Cerón emplea nos remiten a lo que Nietzsche, en El origen de la tragedia, advierte: El yo del poeta lírico sale desde las profundidades de su ser: su subjetividad, en el sentido de la estética moderna, puede tener indicios de una ficción. En Tiento aparecen personas poéticas de naturaleza ambivalente: autónomas frente al poeta pero también, en un plano simbólico, con varias representaciones que convergen en suertes de máscaras, voces múltiples (la madre, la hija, Eleonora), diversas y aun opuestas/mezcladas entre sí. Voces que al final permiten recomponer un verdadero rostro, aquel que no es otro que el sujeto poético que precisamente aparece en el poema que le da nombre al libro: TIENTO: Una familia es tiento. Precisión de sangre./ Una familia es borde.// Derrumbe y asidero.// La habitación es el centro donde rondan los nombres./ Un padre es trayecto entre la creciente y lo que cae.// Algo ahí espanta./ Lo que aprendimos aquí no se consume.// Las flores artificiales no mueren (sabido), todo lo fugaz es/ inconsolable (mi padre sobre la cal o la cal en él o el fuego/ abrasando su espalda).// Podríamos ser posibilidad. Podríamos ser el decorado.// Una madre es vastedad y cacería. Proporción y queja./ La madre (me digo) resuena cerca, estaría aún antes de la vida:/ dificulta lo solo, lo uno, lo arrojado tras de sí.// En el fondo, contraste y azul miedo, el jardín familiar, las buenas tardes,/ la tierra aprendida, el gesto.// Algo ahí espanta.// Una familia es tiento (repito), sobreabundancia de acordes:// —Permanezca de pie, no se vislumbre el piso.// —Permanezca en ambos reinos, la totalidad de sangres sea punto de/ destino.// —Permanezca acotado a lo que induce el llanto (todo duelo es/ bautizo).// —Permanezca con las manos entrelazadas sobre el regazo (la falda/ de madre es sustento).// —Siga a fondo, nombre lo que significa cuna, muñeca, ventana./ Asidero o dombeya oscura en la lengua: densa constelación de/ linaje (muertos o avellano en flor). Diga Padre (sepulcro) y tome la/ mano de ella. Eleonora.// —Éramos lo real, prado y follaje, entonces éramos ricas. (Abuela/ canta tristezas sobre mi hombro todo el día, todo el viento, todo el/ peso.)// —Entonces Belgrado era suave cosa, violín matinal, gris costa, casa.// , // Una familia es tiento (reitero), vapor y silueta apenas definible.// Y su mano abierta era advertencia.//En el circo las aves dejan de ser migratorias, los leones vagan y el escarabajo más grande del/ mundo anticipa en su silencio el futuro.// Ese invierno.// La caricia en la mejilla. La última casa (donde nunca hubo suelo). Abuela esconde en su seno los restos (migas) del apellido. En ese gesto anticipa la caída.// Algo ahí espanta. Algo, ahí, ya escribe la historia. (p. 34,35 y 36) En este poema se muestra ese algo ahí espanta que evoca la característica visión de la apropiación, el extrañamiento y el encantamiento que puede producirse en y a través de la escritura, la desolación pues funciona como la metáfora de encarcelamiento y liberación a partir de la palabra. El poema posee imágenes aparentemente inconexas entre sí, pero que se unen a partir de referentes, temporalidades, situaciones, recuerdos y metáforas. Esto representa la primera manifestación por romper las leyes de organización de sentido a partir de una lógica distinta, tal vez caos que, según Novalis, es necesario en la poesía. Casi todas las imágenes sugieren la conexión intrínseca entre el hecho de un conjunto familiar y los sucesos de cada uno de los ahí presentes. El poema pasa de la melancolía a la ira, de la ira a la contemplación y a la remembranza, al lenguaje del encierro, a la negación y a la inhibición. Por momentos establece una relación metonímica entre la voz del sujeto poético y su imposibilidad de ser otra vez la misma, pero distinta. Los versos de este texto sugieren una tácita incapacidad abarcadora como consecuencia de la represión de los tiempos idos, el encantamiento, la posibilidad, el destino y la fábula pavorosa de una vida. En este poema TIENTO, aparece también la figura del padre: Diga Padre (sepulcro) y tome la/ mano de ella. Eleonora. Estas alusiones vienen a formar una parte de la alteridad que condensa el libro y que nos remite a estos versos de Elías Canetti: Entre estos montones de ausentes y desaparecidos, él sobrevivirá. O estos otros de Georg Trakl: Sobre los blancos párpados del muerto florece el arbusto silencioso. O finalmente estos versos de Jaime Sabines: Padre mío, señor mío, te has muerto y me has matado un poco. Cerón dirá entonces: Padre mío. Con la astucia de la lengua/ La que atrae moscas, granulación, pantano/ La tarde padre, la tarde// ¿Dónde está la certidumbre, la fiera certidumbre de que te/ ahogaste en rastros? (ANOTACIÓN SOBRE LA BRUMA, p.21)

Este libro posee entidades que giran en torno a las ideas mencionadas, claro que las fracturas del lenguaje, en las tres partes del libro, van dando razón de los dispositivos que activan la voz poética para hacer de su palabra una forma memorable. El sentido plural de la voz poética o sus complejas y variadas formas de emisión es abordado con prolijidad por la autora. Tanto que a veces desparece esa intención de pluralidad. El sentido de una tragicidad va alcanzando una tensión más expresiva, más efusiva y personal para proponernos un planteamiento casi dramático del poema. Casi impersonal o muy personal, pues la línea discursiva efectúa un recorrido histórico por la progresión despersonalizadora que ha ido definiendo a la cuestión de esta poética y, además, despliega una amplia tipología de formas de dramatización o representación del yo: desde un hipotético grado cero de notable identificación del poeta real con la voz que emite el poema (en el que queda inscrito, por ejemplo, el nombre de la primera circunstancia que podríamos llamar autobiográfica) hasta la ocultación del yo de la poeta tras una embozo objetivador, en busca de una expresión distanciada, en la forma del monólogo dramático y sus múltiples derivaciones.

El registro sobre el que gravita Tiento —la singularidad espacio-temporal de su discurso y la individuación de sus personajes— es enunciado con precisión: se trata de la reminiscencia por la heredad-terredad familiar. En estas circunstancias, es la funcionalidad de lo histórico lo que converge en la configuración de un relato poético cuya vocación épica es indiscutible y no puede ser soslayada. Relevar lo poético de este discurso implica, por lo tanto, elevar a la superficietodo lo que de mítico tiene el pasado familiar. Pero al mismo tiempo, es preciso destacar que, si la unidad entre épica e historia familiar comporta una clave interpretativa fundamental, no menos importante resulta la jerarquización que opera en dicha unidad, graduación en la que el rigor de los sucesos del registro histórico familiar es simbolizarlo junto con las posibilidades de que Tiento ha sido pensado —y escrito— en los términos que impone la poética de la autora. De este modo, el relato poético no se abstiene de consignar lugares, fechas y nombres que guíen al lector, aun cuando ya desde las primeras páginas éste sepa dónde localizarlos (Kalemegdan, 1947). La densidad del relato familiar, por momentos o a menudo, es reemplazada por la voz autoral, es decir, por una entidad que posee un estatuto ¿diferente? al del suceso, y, por ello, una completa adecuación con las exigencias del universo poético. En pleno conocimiento de la figura que asume Eleonora en el texto poético.

Hay que mencionar también que la tragicidad-epicidad de Tiento opera en varios niveles. Si bien el elogio de las acciones, dignas de ser rememoradas, viene a ser su punto inicial, no menos importante resultan los mecanismos mediante los cuales, partiendo de la trilogía de presencias femeninas, se llega a proponer una imagen profundamente relevante a pesar de las cenizas y la lejanía de la familia. En efecto, las descripciones-imágenes vienen a confirmarla, en una época en que urge definir la naturaleza de la vida familiar, como verdadero espacio vital. Por ello, no hay razones que validen o desacrediten su defensa, del mismo modo en que tampoco hay razones que permitan comprender su estricta significación en la memoria poética. Cada quien sabe que la familia no es una idea —no puede serlo—, sino una experiencia vital contenida en cada uno de sus lugares, en cada casa, en cada sitio, en la vida misma. A la vez que la elaboración y la mitificación del espacio que propone Tiento significa una condición que repercute sobre la naturaleza de aquellos que habitan un lugar que, por ser una entidad viviente, resiste toda abstracción y se torna en rotunda poesía. Por otro lado, la posibilidad de tratar sucesos del pasado en términos épicos no se deriva sólo de la materia a ser tratada, sino también de las virtudes que corresponden a quien se arroga el derecho de rememorarlas. El ejercicio de la memoria en Tiento, pues, viene definido por las potencias que la poeta está en condiciones de canalizar. Nuestra autora, entonces, actualiza un horizonte de orden anterior a la vez que está, simultáneamente, recreando el espacio poético, garantizando un régimen de verdad que se ubica en los márgenes de la racionalidad que podríamos esperar de una apropiación histórica familiar y el cúmulo de sucesos que conforman las luchas por la vida. Se comprende así que en Tiento, inclusive partiendo de Apuntes para sobrevivir al aire (2005), Imperio (2009), hay una tradición poética que encuentra su punto de partida nada más y nada menos que en Homero, con La Odisea, esos hilos mediadoresentre los secretos de la tradición, el retorno, el vacío, las ruinas, el viaje y la inteligencia de la nueva poesía se dan, de igual modo, en Tiento. La inflexión de este libro va adquiriendo, poco a poco, una armonía temperada que empieza en la segunda parte del libro: AMÉRICA, desde allí la voz lírica sabe reflejar con justeza las emociones cambiantes del núcleo que sostiene el discurso, y ello incumbe a todo el tejido verbal del texto: el rumbo de los alteres, la elección del ritmo y una entonación determinadas. Las anotaciones a las geografías distantes empiezan con KALEMEGDAN, 1947, es a partir de este punto donde la autora hace referencia y memoria de los lugares. Aquí menciona una geografía llamada Puno: los referentes que señalan a ese espacio del altiplano peruano son anotados por J. M. Springer en el epílogo del libro. Las reticencias son claras: Un recuerdo: el estruendo y su silencio.// Ruido: geografía asentada en la ausencia/ (no, no asidor, sino hundimiento, cuerpo alojado/ /centuria/ tallo o bulbo en la idea, en la corteza cerebral. / Frase que acusa al preludio.)// Lo antes dicho: casa tiempo materiales de desalojo.// ¿Dónde el país piel ojo de dios batalla o domo para vivir en la/ idea de ti?// Hombre mío. Sangre el cielo. Gris altiplano./ Gris sierra. Gris pampa. Gris bufeo. Gris lago Titicaca. / Gris bruma. / (ANOTACIÓN SOBRE LA BRUMA, p. 21.) Otros versos que aluden al altiplano peruano (¿gris, gris?), esta vez a Puno, concretamente están, por ejemplo, en el primer poema de la segunda parte, AMÉRICA, allí podemos leer: Era una isla o un monte cubierto por chozas (p.55) Tal vez esa isla o monte se refiera a los Uros, Taquile, Amantaní u otra isla del Titicaca. En el siguiente poema señala: Todo exacto, piedra sobre piedra, bajo el estupor. (p. 56) Quizá esa piedra sobre piedra haga referencia a las Chullpas de Sillustani. Finalmente, una referencia más al altiplano puneño la encontramos en el poema que cierra la segunda parte del libro, AMÉRICA: Los platos vacíos. En el fondo, el campo de gravedad es el tono. El azul. No azul sino provincia y rastro, donde hemos dejado −Eleonora flotante a la mirada. Cielo. La mirada hace la patria. Su país se le ensancha se le gesta se le encima. América no es orquídea ni animal o pariente. Tersa era la voz de la abuela. América deambula entre franjas. Acarrea agua sucia. Retoña entre la mierda. América madre. América padre. Ofrenda algo. Ofrenda algo de cuerpo a la Pachamama. Entra a esta tierra y hazte un orificio en la lengua. Forma y pasaje en el sermón de las piedras. Nudo ciego entre ríos. Cordillera. Tu piel —Atacama & Sonora, es concentración, vueltas en círculo, cartografía y nudos. Siglo. (p. 63) En estos versos, al igual que en todo el discurso poético de Tiento, Cerón ilustra la importancia decisiva del acierto del tono para sortear el patetismo a la hora de comunicar sentimientos intensos y esa manera de citar, lugares belgradinos, balcánicos, uruguayos, mexicanos, peruanos, puneños, etc. Tal vez esto tenga que ver con los efectos reiterativos del exceso de participación o, con la manera de reflexionar sobre las cautelas de una imposibilidad, una utopía, o algo que no puede hacerse a menudo y, con mayores dificultades, en la poesía. Pero sin embargo, en este libro, suceden de una manera bastante elaborada. ¿Ofrenda algo de cuerpo a la Pachamama?

II.- Nadie nos extrañará o la reinvención de la memoria:

[…] este volumen nuevo de Cerón expresa un profundo deseo de superar los límites impuestos por la memoria y la desolación: ambas escisiones están, en el discurso poético, conscientes, tanto de la dependencia mutua de sus estructuras intelectivas y la capacidad cognitiva de los sistemas del lenguaje, como también de la imposibilidad de la aprehensión del logos por la palabra. Así, la poética de Tiento va alcanzando tensiones inesperadas, va intensificando el desamparo y la memoria y belleza de la gesta de la condición humana. Los poemas de Cerón buscan nuevas formas literarias, cercanas a la narrativa y en ella, disuelven los materiales de un entorno estético que se patentiza después de consumarse en una melancolía y más de una desolación que casi era esperable, quizá como expiación del goce desmedido en un estado infinitamente cercado por el discurso que arranca la atmósfera de estos versos. En este libro, reiteramos, casi al igual que en el anterior, Imperio, la poeta construye la figura del abandono, que expresa, por instantes, la forma de cierta complacencia con la desaparición de la vida. Quizá el gran desafío de los poetas contemporáneos —y en el fondo, de todos los poetas— haya sido transformar su sensibilidad en un vehículo apto para expresar la vida actual y cotidiana. Tiento es indudablemente un libro de los que han aceptado ese desafío y lo han transformado en bandera de lucha. Además, estas imágenes son un friso de la tragicidad y desolación donde parecen mezclarse todos los tiempos, todos los pueblos en todas las épocas. En estos poemas conviven hechos, personajes, sentimientos, sin cronologías estrictas. Cerón intenta, por medio de esta escritura, dar cuenta de la experiencia del mundo, de su mundo, con sus días, sus noches, sueños, sombras, personajes sonámbulos, noctámbulos y amor y amanecer y nostalgia y desesperación; de ver venir la noche. Aunque resulte paradójico, para ese dar cuenta de la experiencia del mundo, la poeta tiene que detenerse en ese sitio minúsculo, como quien tiene que pararse en una rastra del patio de su infancia para rever toda su vida en una hoja en blanco. Tal vez por ello, el potencial de este libro, su capacidad de absorber asociaciones siempre nuevas, difícilmente pronosticable, se encuentra relacionado con su reserva de lo no dicho. Es aquí donde la voz lírica se rompe en partículas íntimas y logra su objetivo: hacer sentir, lograr mover las sensiblerías. Esto supone que la poesía de Cerón nace de una veta, recogida a partir de la ¿honda fascinación? por la desolación. Una tragicidad tan larga y demorada que se va haciendo obsesión de distintas maneras, quizá llegando al punto de cortejar al vacío, a la bruma, a la terredad, a la migración, a la heredad, para recrear múltiples cosmos, variados núcleos semánticos regidos por un tema. A propósito de estos núcleos, Marguerite Yourcenar decía: estoy cerca del núcleo misterioso de las cosas así como en la noche nos hallamos, en ocasiones, cerca del corazón. Este texto de Cerón también nos muestra otro tanto de fragilidad y rigor así como de consecución y goce, al igual que de trayectoria y poesía.

Podemos afirmar entonces que en el transcurrir del discurso se va creando una suerte de memoria poética múltiple, cada una con poderes diferentes: la memoria y los recuerdos que formamos en la tierra de adopción y la memoria profunda, con raíces lejanas. La prueba de que estas memorias se encuentran y dialogan la descubrimos límpidos poemas-sueños. El encuentro de las dos memorias se puede experimentar también en la vivencia de una relación profunda, en el momento que nos parece que hablamos nuestra lengua, cuando en realidad hablamos una lengua que conocemos y no entendemos, ¿un lenguaje interno? Este término quechua Kuyaq: tristeza y ese vocablo inglés Epic: heroico, colosal, dialogan también con las dos memorias cuando no juzgamos la realidad del ¿exilio? en manera separada, porque esa realidad nos pertenece y nos invita a una respuesta vital y creativa, tanto como la correspondencia de esta expresión nahua: in ixtl in yólltl: rostro y corazón. Interior-exterior: tristeza colosal. Kuyaq epic. Por consiguiente, el punto de partida de la poesía ya no puede ser la frase ni la ensambladura sintáctica, sino la palabra íntegra, y por cierto la palabra en su materialidad: figura sonora, rítmica y plástica (Valentina Siniego, Enrico Chapela); luego, la unión entre los significantes que se dan a través de una lógica de la ilusión. En consecuencia, la composición o ensamblamiento de la obra corresponde al contenido poético de la representación o el sentimiento que quiere expresarse. De este modo, la palabra o el sonido, el ritmo, el contenido de la imagen adquieren una función independiente, absoluta. Se desarrolla, entonces, el triunfo íntegro de la palabra o el material de la construcción que Cerón utiliza con facilidad en estos versos. En resumen, este libro es la aplicación de la memoria o el ejercicio de la palabra. Es búsqueda y hallazgo. Autobiografía y anhelos de porfiar viajes. En Tiento se hallan relatos del duro aprendizaje de la desolación y la muerte. En Tiento queda inscrita la memoria ausente y el descubrimiento de que la vida es necesidad y lucha constante a pesar de.

Finalmente, la intensidad de la memoriasobre la que transita Tiento revela que la intención de Cerón no se limita solamente a exponer, entre otras cosas, una reminiscencia familiar, sino también, y acaso fundamentalmente, a desarrollar una poética de altas tensiones que van acorde con la nueva poesía latinoamericana, pues también quiere marcar y sentir un tanto del destino que le aguarda al humano. Precisamente, en este orden, la desolación, si bien opera como agente de la memoria, por momentos la excede, en tanto, dicha memoria, también se propone como un rumbo de los días que vendrán según una concepción del tiempo que se resiste al cambio. Estamos, en suma, ante la concreción de una poética del destino, la sangre, la permanencia, la unidad y la historia basada en la realidad y la búsqueda de la perpetuidad de un sentir inmarcesible.

08/diciembre/2010
Letra.s5 / Proyecto Patrimonio
Octubre 24, 2010
Tiento
Por Mónica de la Torre y Gabriela Torres
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En Tiento, Rocío Cerón va más allá de la advertencia que sutilmente insinúa Borges en “Del rigor en la ciencia” en cuanto a que el mapa no es, ni debe ser, el territorio. El mapa de Cerón, por el contrario, tuvo la intención de crear el territorio, un territorio tridimensional en el cual se intersectan el plano verbal con el sonoro y el visual y los procesos creativos de Cerón, el compositor Enrico Chapela y la fotógrafa Valentina Siniego.

A modo de establecer las coordenadas que habrían de acotar las aportaciones de sus colaboradores, Cerón dispuso como puntos cardinales de esa región mítica y fértil de la infancia al seno de la familia a la figura materna, con su presencia abierta y generatriz, y al enigma del padre, cuya palpable y contradictoria ausencia todo lo satura. La herencia y sus misterios, manifestados, quizás inevitablemente, como síntomas —heredad / puente entre herencia y acto— así como la pérdida y su contraparte, la búsqueda connatural al exilio, serían los otros puntos cardinales.

Se trata de un mapa híper personal y general al mismo tiempo cuya amplitud permite al lector a recorrer el territorio delimitado a tientas, vinculando cómo la luz se inscribe en el papel fotográfico, la música en el silencio, y las palabras en la página en blanco de manera provisional, pues entre los componentes de Tiento no hay una correspondencia unívoca. El territorio es vasto y los caminos múltiples; cada lectura, un recorrido distinto y un modo singular de hacer camino.

Exformación del tiento
Por Gabriela Torres
[…]nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar.
David Foster Wallace

Desde una lectura epidérmica este es un libro que documenta el proceso de colaboración. La incesante búsqueda en la interdisciplina por la finalidad de la lectura. Tridimensionalizar las atmósferas poéticas para una percepción/experiencia distinta. Con la colaboración del compositor musical Enrico Chapela y las imágenes de la artista Valentina Siniego, Rocío Cerón completa este triunvirato poético itinerando el destino del verso. Como objeto, Tiento, propone la sinestesia en papel: un poema-objeto con notas musicales, un fotopoema, un poema. La autora inmiscuida no sólo en su personaje de poeta, mitificada por la escritura en soledad, sino en el proceso de creación (manufactura) del libro como pieza física, alternando la posibilidad del imposible, revirando la estética del obstáculo para descubrir poesía no sólo en la música sino en la escritura de la música, en lo visual de sus notas, la traducción del sonido en papel. Las imágenes de Siniego no complementan sino completan el poema musical.

En una lectura dérmica, Tiento es odisea. Es el viaje de regreso a donde nunca. Una cartografía imaginaria para simular el pasado; la conciliación de la sospecha ancestral, un mapa hacia el hogar. Comienza en Serbia y termina en México, sesenta años después. No hay exactitud en el tiento, es la incertidumbre del tacto al repasar a la familia, volcar la piel hacia dentro para ver de qué está hecho el cuerpo, además de la envoltura. Decir el nombre con la pronunciación de origen y escuchar en su etimología las convenciones del cambio y por su cambio trazar un mapa, observar en el sonido una emancipación condicionada. Una familia es tiento.

Ya en lo subcutáneo, la lectura es pacífica: lírica tregua. No hay justificación, es reconciliación. Teniendo en cuenta el anterior libro de Rocío, Imperio, y acorde a los referentes literarios clásicos, a diferencia de la otrora guerra cuestionante de la jerarquía, en Tiento hay paz, por eso la referencia de la Odisea. Tiento es Odisea. Es la conciliación de la heredad, un concilio que cuestiona: por ello el simulacro; el ensayo del pasado, una crestomatía poética de los hechos: por eso ahora. Hay una voz distinta, no resignada pero distinta. Una voz que tregua y encabalga, con cuidado, a tientas, el verso: su pasado en el presente.

* * *
América*
Rocío Cerón
Se llamaban Krusevac, ahora Cruz. Los edificios transpiraban. Era una isla o un monte cubierto por chozas. Cosa de hombres. Las mujeres guardaban papas, construían el mundo. Cosa de tiento insulso, se pensaba. Paisajes de tonada suave con acordeón de fondo. Astucia. Proa que acumula sal. Toma mi brazo, corta el ligamento: necesito dejar el gusto por el ajvar. Callaron las aves a su paso. Remo. En el fondo, los peces intuían. Algunos fosos guardan familias enteras. Pero ellas son salvas. Todas las lenguas de Europa desaparecieron. Tierra. El dulce de manzana no trae olor a clavo. Cada letra deletrea una estancia. Estas mujeres son mis madres. Desde ese día −América− la piel de mis mejillas es llanura.

Todo exacto, piedra sobre piedra, bajo el estupor. Tengo adherida a la piel −planta del pie−, un nombre preciso, una esquirla dentada (aguijón o filo o tenso nudo), cristal a la uretra. Guardo una voz que es sombra, carta y anunciación: América se hunde. Hay una montaña o casa frente al mar que esconde un secreto. Manto, el desierto es manto. Se escucha una bestia colmada de fraguas: negros y blancos inventando heredad. Tengo en las manos un país del que he sido arrojada. Cinco millones de emigrantes caben en la cuenca de una sangre común. América es una madre que mata.

Herrumbre. Contener el puño. La gravedad de las últimas hojas y la nieve. Escucha el resoplido insular. Tan lejos y cercano. El mar brilla para todos pero cerca del carbón sólo resta el miedo. Defendernos de. Acentos sonoros recuerdan a Siberia. Pero en Siberia nunca llega el otoño. Aquí −casi temblando− hay que ir codo con codo. Aquel jardín o muro o tierra nueva. Hacer la América. Herrumbre: desde Portobelo y hasta la Patagonia. Acero sin distinciones. A ojo se hace el tiento. El polvo ensombrece las extensiones de tierra. Lentitud entre los pasajeros: pegar el oído al subte, algo se inflama. Algo ya marca el cuerpo.

América es un desierto sonoro. Cazuela de ave levanta muertos, ají de gallina abre sosiego o trucha arcoíris empina rubias. Oscuras nubes modulan temperamentos de valle y bufeo. Crujido de lastras de Machu Picchu. −Oscuro oficio éste de ser santa. Yo tenía una tierra, me despojaron de ella, ahora hay un parque de diversiones: juegos replican la muerte y son la muerte. Algo en la vereda (zanjita, zanja devuélveme el tino, la cara cierta de mi tierra) es sepultura y nacencia. Aguachile que bulle en la quijada. Cacao herido que trae consigo tintineos de piedra. Cárcamo de agua de Tláloc, chacras marítimas de Manantiales. Cabo Polonio en mi memoria. Y la fuente que no deja de abastecer el mate seco, verdoso, que enjuaga la voz de la abuela.

Dijeron que era hija del golpe, de los barrios donde los sones son lentos y carraspean las voces y los toneles de aguardiente se empujan sin trozo de pan; dijeron que era hija del desprecio, de esclavas, de amargas noches de cama entre soldados y cuerpos cobrizos; dijeron que era una mártir –estaban, están equivocados−, luego le dieron algo de espejos y algo de carne de cerdo, algo de nuevos nombres y nuevos apellidos; le enseñaron el uso de la rueda (ya conocía el cero); casi la mata la fiebre. Y de cada golpe ha salido más fuerte. Como el poema, América es una dura cicatriz en el cuerpo.

La Hispaniola. Como si fuera la primera tierra. Que es. Y en ese recuerdo cupieran ya todas las noches de América. Rastro. El ron mantiene a los hombres embrutecidos, me digo. Mi abuela reza con el vaso de vodka junto, orar es mentirse a uno mismo, me dice, pero conforta el alma. Como el destilado de oro falso. Nacimiento. Como cadalso al que se entrega uno con la boca abierta, deseosa de alimento naufrago. Montar la oveja, me digo. Ahora los tenis Ducati, el floro que trae de gracia una hembra ke buena, las cadenas de oro al cuello, la camisa fina, la marca atrapando al cuerpo, gritando proveniencia. América se hunde, y nadie se ha dado cuenta. La otra América le ha chupado el seso.

Dame un tostado. Una jerga que mantenga las cuerdas vocales de mi lengua. Quiero un trapecio. Flotar en él. Quiero la astucia que da la cafeína. Sumergirse en. La otra tierra. Galones enteros. Miles de litros de sangre. Quiénes eran y quiénes son. Todos situados sobre una cuerda. Precipicio. Desde las ruinas de la lengua una tesitura arrogante. Hay una franja de tierra sin nombre. En el fondo de la taza, me dice una gitana en el Parque Forestal, hay una imagen: hombre que aún recuerda a su hija. Detente, la otra tierra y ese perfil masculino que apenas resulta de las sombras. Serbia era cobijo −Atlántico− hoy es un lago. Idea del lago.

De la tumba una flor. Plástico decolorado, tierra. Grobnica-París. De Europa sembradío nucas cisternas donde guardar vestigios. Neblina y carbón. Heno y draga, flotantes. Antes del roce sargazos, reflujo luminoso de rostros. Toda la familia astillada. Óleo de museo. Cementerio y nicho para ahondar en el nervio. Cauce púrpura, plantación de cuerpos en otros cuerpos. Cauterio. Atravesar el bosque: mucha fe en los labios. Ni el uniforme salva. Allá, en el Golfo de México, secretan zumbantes las aves. Caverna o cardo. Mar gasa, llave al pliegue. La superficie del agua recuerda a los muertos. −Desvanecerse, entre las arrugas de cada pliegue de la madre. Contenga el aire. Pulmón. Respire profundo. ¿Siente dolor? ¿Siente aquí, sí justo aquí? Es el miedo atrapado. Es América atada en cada corva. Astilla, flor recogida en Kalemegdan. Y en cada esquina la imagen de un jardín hecho de voces.

Los platos vacíos. En el fondo, el campo de gravedad es el tono. El azul. No azul sino provincia y rastro, donde hemos dejado −Eleonora flotante a la mirada. Cielo. La mirada hace la patria. Su país se le ensancha se le gesta se le encima. América no es orquídea ni animal o pariente. Tersa era la voz de la abuela. América deambula entre franjas. Acarrea agua sucia. Retoña entre la mierda. América madre. América padre. Ofrenda algo. Ofrenda algo de cuerpo a la Pachamama. Entra a esta tierra y hazte un orificio en la lengua. Forma y pasaje en el sermón de las piedras. Nudo ciego entre ríos. Cordillera. Tu piel −Atacama & Sonora, es concentración, vueltas en círculo, cartografía y nudos. Siglo.

*Fragmentos tomados del libro Tiento (UANL, México, 2010)

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